Hablar de historia nunca ha sido una labor fácil, menos cuando implica cautivar lectores cuya primera aproximación resulta equivocada al ser concebida como un campo que más que ser comprendido debe ser memorizado, pudiendo llegarse a calificar como un compendio útil para aquellas personas que quieren demostrar sabiduría mediante la narración de datos y efemérides. Tales ideas previas sobre historia presentan una dificultad que debe enfrentarse mediante una conceptualización sencilla que no abandone la rigurosidad y que permita una asidua interpretación del pasado para una mejor comprensión del presente. Tal vez sea este, el primero de muchos desafíos que se enfrentan al escribir en este espacio y que se busca superar encontrando el correcto equilibrio entre el aspecto disciplinar y el didáctico.
De cualquier manera, abordar el pasado implica sumergirse en un universo de conceptos teóricos, reflexiones filosóficas y narrativas complejas que demandan de un investigador no solo un mayor conocimiento científico, sino una mejor capacidad de transmitir sus resultados en un lenguaje simple y productivo. Esta lógica debe alimentar el pilar actual de la investigación histórica, en la búsqueda de un proceso más robusto que vaya más allá de la estricta memorización de hechos realizados por personajes específicos en fechas exactas, y que, por el contrario, permita al lector comprender la realidad del mundo en el que vive a partir de transformación de las sociedades en el tiempo.
Sin duda, el punto de inmersión a la temática debe hacerse desde dos acepciones que, tratadas paralelamente, permiten no solo cimentar un estudio serio sobre el tema, sino entender otros significados no menos importantes: historia e historiador.
El primero es un término que pese a haber sido abordado por diferentes autores de distintas formas y en diferentes épocas, ha logrado abrazar dos concepciones distintas; la primera, la historia como ese proceso objetivo que abarca la totalidad de los sucesos que existen en el tiempo; y la segunda, la descripción de ese proceso como el resultado de las investigaciones realizadas sobre los hechos acontecidos en el pasado, lo que se conoce como historiografía.
Esta última conceptualización solo es posible gracias al sujeto cognoscente de esa historia: el historiador, ese individuo que, al no haber sido testigo directo de los hechos que estudia, busca establecer realmente lo sucedido mediante la construcción de una narración soportada en investigaciones y fuentes orientadas por la objetividad. De esta manera, el principal rasgo que tiene el conocimiento del historiador referente al pasado histórico es indirecto, ya que al no haber observado los hechos que investiga debe inferirlos. Por otra parte, la naturaleza del hombre que lo empuja a indagar sobre el pasado no es una condición suficiente para delimitar la tarea de ese historiador frente a la de investigadores en otras áreas, ya que el conocimiento de un hecho pretérito permite tan solo captar un suceso, en cambio, realizar el análisis y relacionamiento es diferente y hace parte de convertirlo en objeto de estudio científico.
Ese entendimiento del concepto de historia y el hecho de esclarecer el papel de quien la construye, facilita adentrarse en algunas particularidades y cambios significativos que marcan su evolución. Así, en el siglo IV a. C. con el pensamiento de Heródoto, considerado el padre de la disciplina en occidente, se comenzó a cuestionar por primera vez “la realidad” gracias a la aparición de recuentos rigurosos que, separados del mito, referían las causas que provocaban las guerras. Surgió entonces en Grecia, una nueva forma de entender el mundo divino y su relación con los hechos humanos y terrenales mediante la concepción de la historia como esa forma literaria que privilegiaba en el relato de acontecimientos políticos las relaciones entre los elementos de poder, cerrando cualquier posibilidad a que desde cualquier otra dimensión de orden social, económico o cultural se aportara a la comprensión de los hechos históricos.
Sin embargo, es hasta el medioevo que aparecen en la historia elementos ajenos a ese orden político, particularmente las hagiografías en el campo religioso, que buscaban afamar a un santo para aumentar la devoción que se le profesaba; así como también las crónicas militares con aspectos fantasiosos que fomentaban la percepción de los caballeros como seres superiores al resto de los mortales. Estas dos nuevas visiones hicieron que las fronteras entre la historia y la literatura fueran cada vez más difusas. Ya para el renacimiento, al dejarse de concebir la idea de Dios como medida del conocimiento y ser reemplazado por el hombre, aparecen ideas liberales que, para el siglo XVIII, fueron a cuestionar la idea teocéntrica y teleológica de la historia, posicionando una filosofía de la historia con una orientación y un fin determinado por la razón humana.
En el marco de la Ilustración, surgieron además ideas republicanas y de distribución del poder político que acompañaron algunas nociones revolucionarias con las que se pretendía reemplazar a los monarcas y sus cortes como ejes centrales de la historia, por hombres comunes y corrientes; prerrogativa que, en los primeros, ni siquiera pudo limitar la revolución francesa.
El siglo XIX trajo consigo un proceso de profesionalización que llevó a los historiadores a considerar su disciplina como una ciencia social, esta nueva forma de concebir la historia incorporó diferentes puntos de vista que la llevaron a un método multidisciplinar con los albores del siglo XX. En este sentido, su aporte al conocimiento derrumbó los límites convencionales que por mucho tiempo habían separado no solo a la historia de otros campos del conocimiento humano, sino que no habían permitido considerar la totalidad de los sujetos involucrados en los acontecimientos. De esta manera, desde la era de las revoluciones y a pesar de su amplia permanencia, la historiografía tradicional ya no respondía a lo que la sociedad de su tiempo le demandaba, por lo que las nuevas corrientes de historia social abandonaron esa tradición de carácter político y erudito, permitiendo la representación de todos los integrantes de la sociedad, y que ese protagonismo despertara en ellos mismos su interés histórico.
En tal medida, la incidencia del positivismo decimonónico en la historia y su integración a las ciencias sociales a inicios del siglo XX la diversifica en varios campos como el social, el cultural, el de las ideas, y viene a consolidar esa nueva forma de hacer historia que, algunos autores acercan a una historia total, por su enfoque holístico que incluye el conjunto de actores de la sociedad y, sobre todo, se centra en un análisis de la realidad en toda su complejidad. Esta especificidad de la historia cobra validez en tanto se incorporan y se ponen en dialogo las diferentes dimensiones humanas en la construcción de la verdad de los eventos acontecidos en un momento y lugar específicos.
Pero en estos profundos cambios ¿existe, y dónde se ubica la historia militar? En una primera visión hay una historia militar que hace parte de la historia social, toda vez que sus miembros pertenecen a la sociedad en la que su relacionamiento e interacción influencia su devenir histórico. Su carácter militar existe en la medida en que su abordaje y desarrollo obedezca al grupo que materializa su objeto de estudio y de ningún modo se convierta en una limitante de las diferentes aristas desde donde se debe desarrollar su investigación. Por lo anterior, un nuevo desafío consiste en construir y fortalecer esta tesis mediante la pertinencia y objetividad en el abordaje de sus temáticas, tarea que se espera nutrir a lo largo de este nuevo espacio.
GABRIEL MOYA
Escribe en el área de factores conexos, sobre historia militar
Perfil
Teniente Coronel en retiro del Ejercito del arma de inteligencia con 20 años de servicio. Tiene experiencia en las especialidades de inteligencia y contrainteligencia. Actualmente se desempeña como docente e investigador en las áreas de historia, geopolítica, seguridad e inteligencia estratégica.
EDUCACIÓN A RESALTAR
Doctorado (C) en historia y humanidades. Universidad Pablo de Olavide (España)
Magister en estrategia y geopolítica, 2020. Escuela Superior de Guerra (Colombia)
Magister en historia, 2019. Pontificia Universidad Javeriana (Colombia)
Magister en inteligencia estratégica, 2016. Escuela de inteligencia y contrainteligencia (Colombia)
Sus pregrados en Ciencias militares y Gerencia de la seguridad y análisis sociopolítico, los ha asociado a investigaciones y estudios en los campos de la historia.
