El mundo digital se ha convertido en un campo fértil para una variedad de actividades malintencionadas que afectan desde la infraestructura crítica de nuestras sociedades hasta la privacidad e integridad personal de los individuos. En nuestra contribución inicial a esta distinguida revista, expusimos las cinco categorías principales de ciberamenazas, abarcando desde la interrupción de servicios fundamentales hasta la divulgación dañina de información privada, conocida como doxing. Este análisis inicial sentó las bases para una exploración más detallada de cómo los ciberataques afectan directamente nuestra seguridad pública y económica.

Siguiendo esta línea, en una entrega anterior de Geodese, profundizamos en los ataques a la infraestructura crítica y exploramos las técnicas cibercriminales que merman nuestras finanzas en el artículo titulado Victimización y Cibereconomía. Sin embargo, aún restan tres categorías por examinar de las cinco identificadas. En este contexto, nuestro artículo actual se adentra en una preocupante realidad: los delitos interpersonales en el ciberespacio.

El espectro de estas infracciones es amplio, desde el robo de identidad, el catfishing, el acoso cibernético y el grooming hasta prácticas abusivas que invaden la esfera más íntima de las personas, como la pornografía vengativa y el morphing sexual.

Para aclarar un poco estas formas de cibervictimización interpersonal, vamos a describir cada una de ellas: el robo de identidad se refiere a la práctica ilegal de obtener y utilizar la información personal de otro individuo, como nombres, números de identidad, números de tarjetas de crédito, sin su permiso, con el objetivo de cometer fraude, robo, intrusiones informáticas, o desplegar ciberataques de mayor complejidad.

De otra parte, el catfishing es un término que describe el acto de crear identidades falsas en internet, generalmente en plataformas de redes sociales o sitios de citas, con el fin de engañar a otras personas para que crean que están interactuando con alguien que no existe en realidad. Este engaño puede tener diversos propósitos, desde la manipulación emocional hasta el fraude financiero. Especialmente la manipulación tiene efectos colaterales que no se detienen una vez el ofensor es capturado.

Un ejemplo de catfishing es el caso ampliamente reconocido que implicó a un destacado jugador de fútbol americano universitario, Manti Te’o, quien fue engañado al entablar una relación con una persona ficticia. Esta relación, mantenida exclusivamente a través de interacciones en línea, tomó un giro devastador cuando Te’o fue llevado a creer que su pareja había sufrido un accidente grave seguido con la noticia de su muerte. Este evento trágico, que posteriormente se reveló como una fabricación, afectó el rendimiento deportivo de Te’o; sin embargo, la verdad emergió, dejando al descubierto que la supuesta pareja nunca había existido.

La investigación subsecuente reveló que detrás de este engaño estaba una persona que había creado esta identidad falsa como una forma de escape personal y expresión de sus propios conflictos internos. El impacto de este engaño no solo se reflejó en la salud mental de Te’o, quien enfrentó un escrutinio público y críticas generalizadas, sino que también afectó su rendimiento físico con consecuencias invaluables.

Otra forma de victimización interpersonal es el acoso cibernético, el cual implica el uso de tecnologías de información y comunicación —como internet, redes sociales y mensajes de texto— para acosar, intimidar o amenazar a un individuo o grupo. A diferencia del acoso tradicional, el cibernético permite al agresor ocultar su identidad y amplificar el daño mediante la rápida difusión de la información ofensiva. Cuando esta forma de violencia toma lugar en ambientes escolares recibe el nombre de ciber matoneo o cyberbullying.

En este ámbito que incorpora víctimas menores de edad, también se encuentra el grooming, el cual se refiere al proceso mediante el cual un adulto establece una conexión emocional con un menor, a través de internet, para ganarse su confianza y victimizarlo con fines criminales, los cuales no se limitan solo a la explotación sexual.

Respecto a la afectación a la intimidad de las víctimas, la pornografía vengativa, se configura con la distribución sin consentimiento de imágenes o videos sexualmente explícitos de una persona, generalmente por parte de un expareja o conocido, con el propósito de causar vergüenza, humillación o venganza.

Finalmente, en el mundo digital, no es necesario que los actos sexuales sean reales para causar daño. La práctica cibercriminal llamada morphing sexual, es una técnica que consiste en manipular fotos o vídeos para convertirlos en contenido explícito. Los delincuentes combinan las imágenes de las víctimas con contenido pornográfico utilizando herramientas de edición para superponer el rostro de la víctima en los videos/imágenes sexuales, creando una representación falsa.

Como podemos ver, estos actos no discriminan, afectan a diversidad de grupos poblacionales y exponen a vulnerabilidades profundas en el tejido social de nuestra era digital, con grandes impactos, entre los cuales, los más alarmantes se enfocan en la victimización a nivel individual en la infancia y su repercusión en el futuro. Existe evidencia que sugiere que experiencias traumáticas, como el abuso sexual en niños, pueden conducir, después de décadas, a que estas mismas víctimas se conviertan en victimarios. La Dra. Sujung Cho, de la Southern Illinois University, ha aportado datos reveladores sobre cómo niños acosados digitalmente pueden, tras un lapso de cuatro años, transformarse en agresores en línea de otros menores (Cho, 2017). Este ciclo de violencia digital en el ámbito escolar podría estar detrás del aumento del cibercrimen en tiempos recientes.

Es crucial reconocer que, para perpetrar delitos interpersonales en el ciberespacio, no se requiere de habilidades avanzadas en informática o seguridad cibernética. Lo único necesario es acceso a internet, preferiblemente a través de un dispositivo móvil, y tiempo sin supervisión adecuada. Aquí radica una oportunidad invaluable para la sociedad: prevenir la próxima generación de ciberdelincuentes. Implementando prácticas de la teoría de actividades rutinarias en el ciberespacio (Cyber-RAT) en los contextos escolares, como sugieren Choi y Toro-Álvarez (2017), una custodia digital efectiva puede reducir significativamente las probabilidades de caer en la red del cibercrimen interpersonal.

Esta responsabilidad de vigilancia exige un compromiso por parte de padres, educadores, tutores y supervisores laborales para aprender y mantenerse actualizados sobre cómo monitorear y prevenir comportamientos desviados en línea. En este esfuerzo por educar y capacitar a la comunidad, GEODESE se compromete a seguir proporcionando artículos y recursos valiosos que nos preparen para enfrentar estos desafíos digitales.

Así, al proteger a los más jóvenes de convertirse en víctimas, no solo interrumpimos un ciclo nocivo de agresión digital, sino que también sentamos las bases para una sociedad más segura incluso en el ciberespacio.

 

Referencias Bibliográficas

Cho, S. (2017). Explaining the overlap between bullying perpetration and bullying victimization: Assessing the time-ordered and correlative relationships. Children and Youth Services Review, 79, 280-290.

Choi, K., & Toro-Álvarez, M. M. (2017) Cibercriminología. Guía para la investigación del cibercrimen y mejores prácticas en seguridad digital. FUAN

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Mike Toro

Escribe en el área de seguridad, sobre ciberseguridad