La guerra de Rusia contra Ucrania cuyo tercer aniversario acabamos de recodar el 24 de febrero no se inició ese día. Si somos rigurosos con los hechos, debemos volver en el tiempo, hasta el 28 de febrero de 2014 cuando Rusia tomó por asalto, invadió y ocupó no, mediante una “operación especial” la Península de Crimea, ubicada al sur de la región de Kherson de Ucrania, al norte del Mar Negro, rodeada por el mar de Azov, y conectada a Turquía, había sido históricamente anexada al Imperio Ruso, traspasada a la URSS, con una brevísima autonomía dentro de la independencia de Ucrania tras la caída de la Unión Soviética hasta volver nuevamente al dominio ruso y legalización aprobada en el “referéndum” promovido y controlado por Rusia a partir de 2014, la guerra de hoy comenzó hace 11 años y gravitaba en la estrategia de expansión territorial de Putin.
Su valor geoestratégico fue y es incalculable para la flota imperial-soviética-federación rusa. Lo que explica, en parte, la invasión como necesidad de control territorial terrestre del este de Ucrania para establecer un corredor bajo control ruso hasta la península de Crimea.
El silencio internacional en 2014 frente al despojo de la Península de Crimea, especialmente de la Unión Europea, a cuyas puertas se encuentra Ucrania que posee fronteras con 4 países (Eslovaquia, Hungría, Polonia y Rumania), fue el aliciente para que Vladimir Putin, incrementará las operaciones especiales en los territorios del este, ancestralmente ruso-ucranianos y preparará la ofensiva para la invasión del 24 de febrero de 2022.
La guerra convencional de alta intensidad, con tanques y soldados atravesando fronteras, bombardeos a ciudades y blancos civiles, tomó por sorpresa a Europa y a América Latina, el continente de paz, acostumbrado a otros conflictos, no menos violentos, pero si, alejada de la guerra entre estados desde el siglo 19.
Adoptar una posición frente a la invasión fue complejo para los gobiernos democráticos. En algunos casos, falta de comprensión, en otros, no saber de qué lado situarse- porque perdieron los referentes en 1989 con la caída del muro de Berlín y por último, indiferencia frente a un escenario lejano y sin consecuencias. No fue así, para las dictaduras o gobiernos autocráticos. Veamos.
Desde el norte al sur encontramos la diversidad de posturas públicas que no necesariamente coincidieron con los votos de las resoluciones adoptadas en la OEA o la ONU. Los presidentes declaraban y las cancillerías enmendaban.
México, condenó la invasión y votó favorablemente la resolución de la ONU, pero no las sanciones y el aislamiento de Moscú.
En Centro américa: hay dos excepciones destacables, El Salvador ha mantenido una neutralidad intrigante, pues no hay una sola declaración de su Presidente sobre la invasión, pasados 3 años, y Nicaragua con una posición definida a favor de Rusia, el resto de los países votó de manera consistente en la OEA y la ONU para condenar la invasión. Guatemala, incluso retiró su embajador de Moscú. En Suramérica, la división fue mayor y no solo por asuntos ideológicos como podría pensarse.
Brasil, miembro de los BRICS encabezó la “neutralidad” apelando al pragmatismo. El ex presidente Jair Bolsonaro que había visitado Moscú apenas 10 días antes de la invasión, no cedió ante la presión de la comunidad ucraniana de los estados de Paraná y Mato Grosso que sumadas alcanzan casi 800.00 mil habitantes- en año electoral- para condenar la invasión. La influencia del agro negocio y la dependencia en la importación de los fertilizantes cuyo 23% es importado de Rusia fueron determinantes para mantener la postura de Brasil tanto en la OEA como en la ONU donde se abstuvo. Posición similar a la de Argentina donde la dupla Fernández, que mantuvo posiciones ambiguas se lamentaban de los hechos sin condenarlos y se ausentaron de las reuniones de la OEA para no votar, siendo que en la ONU, se abstuvieron. El resto, Chile, Colombia, Uruguay fueron firmes en la condena a Vladimir Putin.
Los aliados tradicionales de Moscú cerraron filas: Venezuela, declaró que se produjo un quebrantamiento de los acuerdos de Minsk por parte de la OTAN, promovido por los Estados Unidos de América; Nicaragua, Ortega, expresó que Putin tenía razón al reconocer como independientes las regiones controladas por separatistas prorrusos; y Cuba, señaló que el objetivo era imponer una progresiva expansión de la OTAN en territorio europeo.
Un continente divido en lo político-económico y estratégico en el cual solo 11 países de 34 fueron consistentes en su posición. Ahora bien, ¿Quiénes evaluaron el impacto geopolítico del conflicto?; ¿Qué países se beneficiaron? ¿Hay alguna prospectiva cuando estamos hablando de opciones para terminar la guerra?.
Inicialmente consideramos que solo un país realizó un análisis rápido pero eficiente en el momento de considerar la posición estratégica a asumir con base a: necesidad, tiempo, recursos y capacidades: Brasil. Mantuvo su fuerza y alineamiento dentro de los BRICS junto a China. El cambio de gobierno en enero de 2023 de Bolsonaro a Lula, no modificó la estrategia geopolítica, al contrario, potenció la relación con China que a la postre se transformó en la potencia coadyuvante de Rusia para sostener el esfuerzo bélico.
Bajo su auspicio Brasil sirvió de vaso comunicante para la propuesta de paz que Rusia y China impulsaron en el año 2024 y que fue llevada a la cumbre celebrada en Suiza por el asesor internacional de la presidencia Celso Amorin. La entrada de Irán a los BRICS, otro aliado de Rusia cerraba el tablero geopolítico en el cual Brasil era uno de los actores principales.
Otro beneficiario, fue Venezuela, que aprovechó el cambio del foco de la atención, para ganar tiempo, proponer el dialogo político; extender las licencias de las empresas norteamericanas y aprovechar, el alza del precio del petróleo para normalizar al régimen. También, en menor medida se benefició Cuba que obtuvo recursos del petróleo venezolano. Para los demás, solo el apoyo simbólico a la lucha por la libertad de Ucrania y la figura de Zelensky les trajo algún redito político pero no económico o estratégico.
Visto en retrospectiva pareciera fácil concluir que aquellos gobiernos prudentes, pragmáticos y moderados hoy son los beneficiarios. Eso es simplificar. En este contexto, América Latina está más ausente que nunca de la discusión. No hay posiciones, sencillamente silencio. Brasil, el más cercano a Rusia por derecho propio ha sido informado por Francia de los posibles acuerdos.
Después de 3 años de guerra, en la que había consenso sobre el desgaste y se urgía una solución, no se está debatiendo un plan de paz entre Rusia y Ucrania, se están abordando concesiones territoriales, perdida de provincias, nuevos mapas, límites y contratos de explotación de tierras raras.
Dos potencias con gran territorio, población y ejército-uno desgastado-pero capaz de recomponerse están desafiando el orden internacional establecido desde 1991, redefinir las fronteras de Europa, quebrantar los acuerdos y el papel del estado de derecho, para imponer la paz.
En este rediseño América Latina es un espectador dentro del área de influencia de las dos potencias a diferencia del pasado, donde cada uno tenía un lado.
La alta dependencia de Estados Unidos como socio el mayor comercial podría alinear a la región con la nueva posición de EE.UU, si esta no colide con algunos valores esenciales, sin embargo, el juego a dos, los llevará indeclinablemente a apoyar a Rusia contra Ucrania-o a abstenerse, como ya vimos.
Asistimos en tiempo a real a aquello que leímos, que transformó las fronteras, dio origen a la geopolítica y nos obliga a analizar los hechos, Rusia y Estados Unidos, en contra de Europa han decidido que Ucrania acepte la paz con su enemigo. Para ello, debe renunciar al control y soberanía del 20 % de su territorio, retirar su pedido de adhesión a la OTAN y la Unión Europea, además, celebrar elecciones presidenciales; permitir tropas internacionales y pagar la deuda a los Estados Unidos.
Si a un profesor de Geopolítica muerto en 1945 lo despiertan hoy pensará que alguien revivió el Tratado de Versalles de 1919, que el Almirante Mahan está sentando en el Pentágono ya que EE.UU solo piensa en proteger sus fronteras marítimas al norte y sur de América y Mackinder despacha en San Petesburgo dibujando el nuevo mapa de Eurasia.
No es una negociación para un proceso de paz, es una capitulación y las instituciones vigentes son incapaces de encontrar consensos mínimos. No es la primera vez en la historia, Estados Unidos y Rusia, ya lo hicieron, sin embargo, eran otros los líderes y los valores como Libertad y Democracia tenían límites precisos. Las consecuencias para el nuevo orden, la paz y la seguridad internacional global son impredecibles.
Y China, solo espera, porque preparada ya está.
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María Teresa Belandria
Autora de la sección “América Latina.”

