Resumen
El artículo analiza cómo redes criminales y actores armados utilizan videojuegos, TikTok e Instagram para perfilar, captar y coaccionar a menores en contextos de vulnerabilidad, empleando algoritmos, seducción afectiva y chantaje digital como nuevas formas de reclutamiento en el ciberespacio.
Palabras clave:
Reclutamiento digital, infancia en riesgo, ciberseguridad, videojuegos, redes sociales, trata de menores, sextorsión, discursos digitales, crimen organizado, geopolítica del ciberespacio.
En las grietas invisibles de la hiperconectividad contemporánea, donde la infancia se construye a partir de likes, avatares y reels, se despliega silenciosamente una de las formas más insidiosas de violencia moderna: el reclutamiento de niños y adolescentes a través de entornos digitales con fines de utilización en conflictos armados, redes de trata o explotación criminal. Esta realidad, aunque documentada en informes de derechos humanos, aún permanece velada tras la normalización del entretenimiento digital y la desmaterialización de los cuerpos infantiles en las redes. En este contexto, el ciberespacio no solo se erige como escenario, sino como actor que redefine las formas de captar, manipular y someter a la infancia, desafiando categorías jurídicas y éticas convencionales.
Lo que observamos no es una mutación aislada de prácticas de reclutamiento, sino un fenómeno complejo atravesado por discursos sociotécnicos que reconfiguran la infancia como mercancía, sujeto vulnerable y, paradójicamente, actor funcional para economías y acciones criminales. Así, se impone la necesidad de interpretar críticamente estas dinámicas, no como un simple traslado del reclutamiento físico al digital, sino como la emergencia de nuevas gramáticas de captura simbólica y performativa. Como lo advierte Tirosh (2021), “el lenguaje digital opera no solo como medio, sino como constructor de realidad social para los menores que interactúan en línea” (p. 304).
En este sentido, las plataformas digitales se han convertido en escenarios de significación donde se ensayan formas de aproximación discursiva que simulan afecto, pertenencia o reconocimiento. Esta narrativa afectiva, común en redes como TikTok o Instagram, permite el ingreso de actores ilícitos bajo la apariencia de influencers, gamers o mentores, quienes no imponen, sino seducen. Tal como ha documentado el trabajo de Vega y Gómez (2022), “los algoritmos de recomendación amplifican la exposición de ciertos perfiles vulnerables a contenidos que los predisponen a contactos de riesgo” (p. 88), lo cual no es un simple accidente algorítmico, sino una función estructural de los sistemas de datos que operan sin un marco ético claro.
El uso de videojuegos en línea como Call of Duty, Fortnite o Free Fire, donde la violencia está estetizada, ofrece otro nivel de análisis. En estos entornos, los menores no solo simulan el combate, sino que son valorados por su rendimiento táctico, su capacidad de liderar clanes o su lealtad a determinadas misiones. Esta gamificación de la violencia, cuando es intervenida por grupos armados, crea una zona intermedia entre el juego y la preparación ideológica. Algunos estudios recientes alertan sobre la utilización de chats integrados en estas plataformas para establecer contactos iniciales, lo cual ha sido documentado por la investigación de Aguilera y Pérez (2023), quienes advierten que “los reclutadores han comprendido que la ludificación no solo entretiene, sino que adiestra” (p. 134).
El análisis del discurso digital desde el construccionismo social permite desentrañar cómo se produce sentido alrededor de lo que significa ser “niño útil” para el crimen. No se trata solo de vulnerabilidad económica o territorial, sino de la construcción simbólica de una subjetividad dispuesta a la acción bajo promesas de estatus, comunidad o escape. En otras palabras, el discurso no es solo vehículo del reclutamiento, sino dispositivo de subjetivación. Así lo sostiene Escobar (2019), al señalar que “el discurso no representa al mundo, sino que lo hace posible” (p. 58). Bajo esta lógica, la figura del menor soldado digital no nace de la coacción física, sino del entrelazamiento performativo entre algoritmos, deseo y precariedad simbólica.
Cabe señalar que este fenómeno no ocurre en abstracto, sino que se inserta en contextos de exclusión estructural, donde la desconexión institucional es tan profunda como la hiperconexión tecnológica. En zonas rurales o urbanas marginales de Colombia, México o Brasil, por ejemplo, el acceso a internet se percibe como oportunidad, pero también como campo minado. De igual modo, la ausencia de mediaciones educativas y el abandono estatal contribuyen a que plataformas como WhatsApp o Facebook sean el único espacio de sociabilidad para millones de niños, quienes son abordados a través de mensajes aparentemente inocuos, cadenas virales o retos digitales.
No obstante, los sistemas de justicia penal aún se encuentran rezagados frente a esta transformación. La mayoría de los marcos legales están diseñados para identificar coerción física o pruebas materiales tangibles, dejando fuera las estrategias de manipulación emocional, grooming digital o promesas simbólicas que se alojan en emojis, stickers o videos efímeros. Como lo ha sostenido Álvarez (2021), “el derecho penal ha sido históricamente ineficaz para capturar los fenómenos de poder blando ejercidos en entornos digitales” (p. 112). Esta afirmación resulta especialmente preocupante si consideramos que gran parte de estos procesos de captación se desarrollan en zonas grises de la normatividad, donde ni el reclutador ni el reclutado son plenamente identificables.
En este mismo plano, las implicaciones éticas del uso de algoritmos para perfilar menores no pueden ser subestimadas. Al analizar cómo las plataformas digitales construyen perfiles automatizados a partir del comportamiento en línea, se revela una arquitectura de control que, aunque no fue diseñada con fines criminales, puede ser instrumentalizada por actores ilícitos. Tal como expone Zuboff (2019), “el capitalismo de la vigilancia produce excedentes de datos que permiten predecir y moldear la conducta futura” (p. 182), lo que, aplicado al contexto del reclutamiento, representa una vulneración estructural del principio de interés superior del menor.
En efecto, los menores son hoy objetos de una doble invisibilidad: la jurídica, que los deja sin protección efectiva en el ámbito digital, y la algorítmica, que los inserta en circuitos de datos que potencian su exposición a riesgos sin mecanismos de rendición de cuentas por parte de las plataformas. La construcción discursiva de estos niños como sujetos autónomos y tecnológicamente competentes refuerza la idea de que ellos “eligen” o “consienten” ciertos contactos, cuando en realidad lo que hay es una manipulación estructural de sus deseos, temores y carencias afectivas. Así lo plantea Bauman (2013), al señalar que “la libertad de elección en contextos de desigualdad es siempre una ficción” (p. 76).
De igual modo, se observa una tendencia creciente a la estetización del reclutamiento, donde se utilizan recursos audiovisuales altamente profesionalizados para atraer a los menores. Videos con música emotiva, imágenes de vida grupal o promesas de ascenso personal son compartidos en redes como Telegram, YouTube o Discord, donde la vigilancia institucional es limitada. Este tipo de propaganda no solo simula pertenencia, sino que invoca formas de heroísmo digital que apelan a la necesidad de sentido en contextos de fragmentación familiar o abandono social.
Es pertinente señalar que los discursos de reclutamiento no se presentan como criminales en su forma original. En cambio, se mimetizan bajo lógicas aparentemente legítimas, como el emprendimiento juvenil, los retos de superación o incluso el discurso religioso. En este entramado, el reclutador no se presenta como agresor, sino como mentor o figura protectora. Esta mutación discursiva ha sido ampliamente analizada por González y Ramírez (2020), quienes sostienen que “el nuevo perfil del captador es emocionalmente inteligente, capaz de leer las vulnerabilidades narrativas de su objetivo” (p. 55). De ahí que el abordaje no sea directo, sino progresivo, y se apoye en procesos de construcción de confianza digital.
Asimismo, el testimonio de menores recuperados de redes armadas o de trata revela la importancia de los “anclajes simbólicos” utilizados durante el reclutamiento. Frases como “aquí sí te valoran”, “no estás solo” o “con nosotros puedes cambiar tu vida” aparecen reiteradamente como ejes de persuasión. Estas expresiones, más allá de su contenido literal, funcionan como catalizadores identitarios en contextos donde la exclusión ha negado sistemáticamente la posibilidad de construir una autoimagen valiosa. Así lo demuestra el estudio etnográfico de Herrera y López (2021), quienes documentaron cómo los discursos de inclusión simbólica son más eficaces que las amenazas o las promesas económicas.
De manera más alarmante aún, se ha identificado que algunas plataformas como TikTok o Instagram no solo son utilizadas como vitrinas de reclutamiento, sino también como herramientas de vigilancia selectiva. Los menores, al compartir fragmentos de su cotidianidad —lugares que frecuentan, condiciones de su hogar, relaciones familiares, rutinas escolares— entregan sin saberlo un mapa detallado de su vida a potenciales reclutadores. En escenarios de alta conflictividad, como algunas regiones del norte de Colombia o de Centroamérica, esta información es utilizada para seleccionar objetivos específicos, enviar mensajes personalizados o incluso emitir amenazas. Según un informe reciente del Observatorio de Ciberdelincuencia de la Universidad Nacional Autónoma de México, “la inteligencia criminal está migrando hacia una modalidad algorítmica, apoyada en el rastreo de huellas digitales de menores que exponen su entorno sin mediaciones” (UNAM, 2023, p. 67).
A ello se suma una práctica cada vez más frecuente y sumamente preocupante: el uso del sexting como herramienta de coacción. Casos documentados por Human Rights Watch (2022) y por el Instituto Colombiano de Bienestar Familiar dan cuenta de menores que, tras compartir imágenes íntimas —a menudo producto de engaños afectivos sostenidos en chats privados—, fueron posteriormente extorsionados por redes criminales que los amenazaban con divulgar el material si no obedecían órdenes. Estas órdenes han llegado incluso a incluir transporte de armas, vigilancia de objetivos o reclutamiento de otros menores. En palabras de Fernández y Rueda (2022), “el chantaje digital ha emergido como una forma híbrida de reclutamiento y esclavización silenciosa, difícil de rastrear, pero con efectos devastadores” (p. 90).
Por consiguiente, el entorno digital ha dejado de ser un espacio neutro o alternativo a los escenarios tradicionales de violencia. Ahora forma parte integral del campo de batalla simbólico y operativo donde actores armados y estructuras criminales articulan nuevas estrategias de inserción. Videojuegos ya no se utilizan únicamente como señuelos lúdicos, sino como entornos para entrenar en lenguaje bélico, tácticas de combate y códigos de jerarquía grupal. En clanes virtuales y partidas organizadas, se ensayan formas de liderazgo, disciplina y cumplimiento de “misiones”, elementos que luego son trasladados a contextos reales. Tal como señala Arias (2023), “el videojuego funciona como un simulador psicosocial que prepara emocionalmente a los menores para naturalizar el conflicto, reducir el umbral del miedo y asumir roles funcionales dentro de redes armadas” (p. 104).
Un caso significativo es el de “Glorious Mission” (光荣使命), un videojuego desarrollado por el Ejército Popular de Liberación de China (EPL) en alianza con la empresa Giant Interactive. Aunque concebido originalmente como simulador de entrenamiento para tropas activas, en 2011 se liberó una versión comercial dirigida al público joven, en el contexto de campañas patrióticas organizadas por el Estado. Esta versión fue promovida en colegios, ferias juveniles y centros de formación ideológica, lo cual facilitó el acceso al juego a menores de edad sin una regulación efectiva. Como advierten Zhou y Chen (2015), “la estética del juego y su narrativa reproducen una visión glorificada del EPL, apelando al orgullo nacional y la preparación para la defensa del país” (p. 41), normalizando el discurso bélico en la adolescencia. A través de misiones inspiradas en escenarios de conflicto real y una mecánica basada en la obediencia táctica, el juego no solo entrenaba habilidades operativas, sino que modelaba subjetividades favorables al ideal de soldado patriótico, en una estrategia difusa de alineación ideológica que excedía el entretenimiento.
En términos de seguridad nacional y geopolítica regional, esta modalidad de reclutamiento representa un desafío estratégico de alta complejidad. Las fronteras físicas se diluyen cuando el acceso a un menor colombiano, venezolano o guatemalteco puede ocurrir en tiempo real desde Siria, México o incluso Europa del Este, a través de redes organizadas de tráfico de menores, reclutamiento terrorista o explotación criminal. En 2022, INTERPOL alertó sobre la detección de operaciones de reclutamiento transnacional en plataformas de gaming, con vínculos a redes de trata en Asia y grupos paramilitares en África (INTERPOL, 2022). Esta convergencia de crimen organizado, tecnología y vulnerabilidad infantil exige respuestas integradas en el ámbito de defensa, no solo desde el control y la protección, sino desde una estrategia de ciberinteligencia centrada en el análisis predictivo, la resiliencia comunitaria y la regulación algorítmica global
A pesar de la creciente conciencia sobre el fenómeno, las políticas públicas aún se debaten entre el control del contenido digital y la educación para la ciudadanía crítica. Esta tensión revela una falta de comprensión estructural del problema, que no se resuelve únicamente con filtros parentales o vigilancia policial, sino con un abordaje integral que reconozca al discurso como campo de disputa. Desde esta perspectiva, es necesario construir narrativas alternativas que permitan a los menores resignificar su lugar en el mundo digital sin caer en las lógicas de la instrumentalización criminal.
Finalmente, debemos advertir que el reclutamiento digital no es un fenómeno aislado, sino un síntoma de una crisis más profunda: la erosión del pacto social sobre la infancia como territorio protegido. Mientras las plataformas se enriquecen con los datos de los menores, las instituciones públicas se ven desbordadas por la velocidad de los procesos de manipulación digital. Urge, por tanto, una redefinición ética y política de la protección infantil en la era digital, que no se limite a la vigilancia, sino que potencie la agencia crítica de niños y adolescentes frente a los discursos que los interpelan. Como sociedad, nos corresponde no solo identificar a los perpetradores, sino desmontar los discursos que hacen posible su legitimidad simbólica en la pantalla.
Referencias
Aguilera, L., & Pérez, R. (2023). Gamificación y violencia: el uso de videojuegos en el reclutamiento digital de menores. Revista Latinoamericana de Ciencias Sociales y Tecnología, 15(2), 125‑139.
https://www.redalyc.org/articulo.oa?id=55299520
Álvarez, J. (2021). Retos del derecho penal frente a los delitos digitales. Revista Jurídica de la Universidad de Palermo, 22(1), 107‑120.
https://dialnet.unirioja.es/servlet/articulo?codigo=7993472
Bauman, Z. (2013). Vidas desperdiciadas: la modernidad y sus parias. Fondo de Cultura Económica.
(Disponible en bibliotecas académicas; se sugiere consulta en repositorios universitarios)
Escobar, A. (2019). Sentipensar con la Tierra. Editorial Universidad del Cauca.
(Disponible en repositorios académicos de América Latina)
Fernández, A., & Rueda, C. (2022). Chantaje digital y reclutamiento al interior de redes criminales. [Informe en human rights context].
(Consulta a pedido en repositorios institucionales de ONG y observatorios de infancia)
González, M., & Ramírez, C. (2020). Narrativas de captación en redes sociales: análisis desde el discurso emocional. Revista de Estudios Criminológicos y Penales, 7(1), 45‑60.
https://revistas.uned.es/index.php/recp/article/view/30245
Herrera, D., & López, M. (2021). Voces silenciadas: testimonios de niños reclutados en Colombia. Cuadernos de Antropología Social, 55(3), 89‑108.
https://www.scielo.org.ar/scielo.php?script=sci_arttext&pid=S1850-275X2021000300089
Human Rights Watch. (2022). Chantaje digital infantil: sexting y amenazas en la era de las redes.
(Disponible en portal oficial de HRW o repositorios especializados en derechos y ciberseguridad)
INTERPOL. (2022). Global Warning: Recruitment via gaming platforms – strategic threat assessment.
(Disponible en boletines institucionales y página oficial de INTERPOL)
Tirosh, N. (2021). Children, privacy and surveillance in the digital age. Information, Communication & Society, 24(3), 299‑313.
https://doi.org/10.1080/1369118X.2019.1689939
Vega, J., & Gómez, P. (2022). Algoritmos y niñez: entre la personalización y la exposición al riesgo. Revista de Estudios sobre Medios y Educación, 45(2), 82‑101.
https://www.scopus.com/inward/record.uri?eid=2-s2.0-85129654892
Zuboff, S. (2019). The Age of Surveillance Capitalism. PublicAffairs.
(Disponible en repositorios de libros académicos y bibliotecas digitales especializadas)
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Liliana Zambrano
Escribe en el área de Ciberseguridad y Ciberdefensa Jurídica, con énfasis en la regulación de tecnologías emergentes y seguridad digital.

