RESUMEN

La utilización de niñas, niños y adolescentes por parte de organizaciones armadas es un crimen de guerra que agrava la inestabilidad en las zonas de conflicto y se extiende más allá de ellas, al ocasionar desplazamientos, perpetuar la violencia y fracturar el tejido social. También constituye un desafío crítico para la construcción y el mantenimiento de la paz, ya que los menores reclutados requieren atención especial para su reintegración y para romper los ciclos de violencia. Erradicar el reclutamiento infantil tiene que ser un objetivo estratégico necesario para alcanzar la estabilidad y la paz duradera en las regiones afectadas por conflictos armados, con implicaciones éticas universales.

 

Palabras clave: Menores, conflictos armados, poder, convergencia, prevención, reintegración, paz.

“Cuando estaba en el grupo, otras chicas le dijeron que venían esperando coches lujosos, ropa bonita y novios ricos.” (Dickinson, 2025). “Ellos me reclutaron como obligatorio y me apuntaron con un fusil. Me dijeron que me viniera a trabajar, yo no pude hacer nada más que irme para allá. Después de tanto tiempo pensé en mi familia, me aburrí y quería retirarme de ahí” (W Radio, 2024). «Aprendimos a usar armas, aprendimos a matar gente y a atarlos… Tuve que conducir una moto mientras ejecutaban a alguien. Nunca quise hacer eso, pero si no lo hacías, te castigaban o te mataban» (Watson, 2022).

Estos testimonios de menores desmovilizados reflejan parte de la tragedia que representa el reclutamiento indiscriminado de niñas, niños y adolescentes por grupos armados no estatales en diferentes conflictos internos, principalmente de carácter asimétrico frente a fuerzas estatales, pero también contra otros grupos similares o para ejercer violencia y control sobre la población civil. Esta práctica constituye una grave violación de los derechos humanos y el Derecho Internacional Humanitario, y es reconocida a nivel internacional como un crimen de guerra que provoca daños irreparables a las víctimas y sus comunidades (Defensoría del Pueblo de Colombia, 2020).

En comparación con los adultos, los niños y las niñas son mucho más manipulables, rara vez cuestionan órdenes, son más impulsivos, tienden a no medir riesgos o consecuencias y “carecen de recursos necesarios para salir de esa situación” (Amnistía Internacional, 2024). Esto los ubica en una profunda relación asimétrica[1] de poder y desigualdad frente a sus reclutadores, quienes explotan esas vulnerabilidades. Así mismo, como sostiene Christopher Faulkner (2024), muchos de ellos son instrumentalizados por los grupos armados en busca de ventajas tácticas y operativas al usarlos como señuelos, escudos humanos, disuasores o instrumentos para desmoralizar o desprestigiar mediáticamente al enemigo.

En la práctica, los menores son utilizados como combatientes, aunque también los ponen a desempeñar funciones que implican un tortuoso esfuerzo físico y sufrimiento, como trasladar cargas pesadas de municiones, suministros y heridos. Igualmente, les asignan funciones de espías, mensajeros, vigías, cocineros y otras tareas cotidianas, mientras que las niñas son especialmente vulnerables y con frecuencia son forzadas a servir de esclavas sexuales. A ello se suma su utilización en actos terroristas, incluyendo atentados suicidas o con bombas, lo que, según la ONU, “se ha convertido en un fenómeno de la guerra moderna”, llegándose a recibir “informes sobre niños de tan solo 8 o 9 años vinculados a grupos armados”  (United Nations, s.f.) .

Según UNICEF (2023), entre 2005 y 2022 se registraron en el mundo más de 105.000 casos de reclutamiento o utilización de menores por grupos armados organizados. Hacen parte de las aproximadamente 315.000 violaciones conocidas de los derechos de niños y niñas en conflictos armados, que incluyen además secuestros, violencia sexual, muertes,  mutilaciones por minas antipersona u otras causas, desplazamiento, afectaciones a su entorno familiar y estudiantil con amenazas, daños y artefactos explosivos, así como graves impactos en su salud mental, incluyendo ansiedad, soledad, inseguridad, retraimiento emocional, comportamientos agresivos, síntomas psicosomáticos y autolesiones (Unidad para las Víctimas, 2023; Save The Children, 2023).

Sobre el alcance de este crimen, Naciones Unidas documentó su ocurrencia en 2023 en Afganistán, Burkina Faso, Chad, República Centroafricana, Colombia, República Democrática del Congo, Filipinas, Haití, Líbano, Libia, Malí, Mozambique, Myanmar, Níger, Nigeria, Palestina, Somalia, Sudán del Sur, Sudán, Siria y Yemen, e incluso registró la utilización de niños como espías por parte de fuerzas rusas en su guerra contra Ucrania (ONU, 2024).

Precisamente sobre Colombia, el informe “Una guerra sin edad” del Centro Nacional de Memoria Histórica (CNMH) (2017, p. 54) cifró en 16.879 los casos de reclutamiento de menores entre 1960 y 2016, siendo las guerrillas los mayores responsables con 8.701, es decir, el 69%.  Por su parte, los llamados grupos paramilitares fueron responsables del 24% con 2.960 casos, mientras que a los grupos de posdesmovilización[2] se les atribuyen 839 casos que corresponden al 7 %, y sobre la Fuerza Pública se reportaron 3 casos (pp.52-54). De otro lado, la Fiscalía General de la Nación documentó 2.340 casos de reclutamiento de menores entre 2020 y 2024, especialmente en los departamentos de Cauca, Meta, Nariño, Chocó y Antioquia (González, 2025), mientras que la Defensoría del Pueblo alertó sobre un incremento de más de mil por ciento en los últimos cuatro años (El Espectador, 2025).  

Las cifras, sin embargo, pueden ser mucho más dramáticas, considerando que la justicia transicional tras los acuerdos de paz entre el gobierno colombiano y la guerrilla de las Farc estableció que los menores reclutados por ese grupo hasta 2016 fueron 18.677 (JEP, 2021).

Respecto a los mecanismos de reclutamiento infantil, Amnistía Internacional (2024) destaca que a nivel global la mayoría se hace de manera forzada, principalmente a través de secuestros al salir de sus casas, en escuelas o en campos de refugiados. Agrega que muchas veces las familias son obligadas a entregar a sus hijos para evitar que maten a otro miembro. También existe una participación que aparenta ser “voluntaria”, cuando los menores se unen a grupos armados mediante engaños y otros vectores. Al respecto, International Crisis Group resalta el ofrecimiento de incentivos materiales como ropa fina y vehículos hasta promesas de tener parejas adineradas, cirugías estéticas o lograr prestigio (Dickinson, 2025). Entre las causas principales mencionadas por Amnistía Internacional están el miedo, la inseguridad, la pobreza, el deseo de venganza, la presión social, la ausencia de oportunidades educativas o laborales y la carencia de lo esencial. Sostiene además que, en contextos donde el conflicto se prolonga, la violencia se normaliza y muchos niños no conocen otra forma de vida. Otro factor en muchos casos es “la identidad étnica, tribal y religiosa, unida a la noción de discriminación” (ONU, s.f)

En el caso de Colombia, sin embargo, el Centro Nacional de Memoria Histórica sostiene en su informe que el 40% de los reclutamientos se dieron bajo persuasión, mientras que sobre el 49% no se tiene información, y sólo el 11% se dieron bajo coacción (CNMH, 2017, p. 55). Esta prevalencia de la persuasión en el contexto colombiano se explicaría, según el documento, por factores como la presencia de grupos armados en los territorios, las condiciones sociales y comunitarias en que crecen los menores, una oferta estatal insuficiente frente a problemas socioeconómicos estructurales, y las dificultades para asegurar los derechos de la niñez y adolescencia (p. 258).

Sobre la persuasión, conviene resaltar además el uso de redes sociales muy populares como hacen disidencias de las Farc en Colombia (AP, 2025), o videojuegos empleados para adoctrinar y resaltar la violencia en los menores, siendo el Estado Islámico un ejemplo emblemático (The Diplomat, 2023).

Cabe destacar que las características de reclutamiento de menores por grupos en conflictos armados –con motivaciones aparentemente políticas o “insurgentes”– suelen mezclarse en mayor o menor grado con las del realizado por estructuras del crimen organizado cuyos fines son principalmente de tipo económico, en el marco de la convergencia que se ha venido desarrollando durante décadas entre ambos tipos de organizaciones en algunos países como Colombia, lo que puede generar ambigüedad jurídica y operativa (Villanueva, 2017), así como un tratamiento desigual a los menores según el estatus jurídico del reclutador (Defensoría del Pueblo de Colombia, 2015). Esta distinción es importante, pues conlleva matices diferentes en los roles asignados a los niños, niñas y adolescentes, así como distintas implicaciones sociales, jurídicas, políticas y judiciales[3].

De hecho, una las diferenciaciones en cuanto al reclutamiento de menores de edad por parte de uno u otro tipo de organización son las implicaciones legales y jurídicas para cada tipo de reclutamiento. Mientras que para los menores reclutados por organizaciones criminales se privilegian las legislaciones de cada país, para los reclutados por grupos que intervienen en conflictos armados se aplica un amplio marco jurídico internacional contemplado especialmente en el Protocolo Facultativo de la Convención sobre los Derechos del Niño relativo a la participación de niños en conflictos armados (2000), los Convenios de Ginebra y Protocolos Adicionales (1949, 1977), el Estatuto de Roma de la Corte Penal Internacional (1998); los Principios y los Compromisos de París relativos a los Niños Asociados a Fuerzas o Grupos Armados (2007), y el Convenio de la OIT sobre las peores formas de trabajo infantil (1999). En esos instrumentos se prohíbe y tipifica como crimen de guerra el reclutamiento y la utilización de niños menores de 15 años en conflictos armados, permitiendo la persecución penal internacional de quienes cometan esta violación al usarlos como combatientes o en otras funciones (Guzmán, 2020). Adicionalmente, el derecho de los derechos humanos establece los 18 años como edad mínima legal para el reclutamiento y participación de cualquier persona en hostilidades (United Nations, 2009).

También se considera su responsabilidad en los crímenes graves que comentan, presentándose “una tensión entre los derechos de las víctimas de dichos crímenes que el Estado debe investigar, juzgar y sancionar, y los derechos que, como menor de edad, le son inherentes al menor desvinculado” (Villegas Arévalo, 2021, p. 379). En todo caso, dicha responsabilidad penal suele valorar de manera diferenciada aspectos jurídicos, psicológicos y sociales que buscan equilibrar su condición de víctima con la comisión de delitos (ONU, 1989),

Las medidas para enfrentar el reclutamiento de menores en estos contextos también son complejas, y suelen abarcar cooperación internacional y esfuerzos nacionales interinstitucionales e intersectoriales. En tal sentido, la ONU suele liderar “Planes de Acción” que incluyen la tipificación de este crimen, la persecución y juzgamiento de los responsables, la liberación de los menores reclutados y el acceso de especialistas a las zonas donde hacen presencia los grupos armados para verificar la ausencia de menores. Además, impulsa programas de reintegración social para menores liberados, promueve la verificación documental de la edad al reclutar, y fomenta el registro de nacimientos. También plantea campañas nacionales de prevención, con el fin de concientizar y reducir esta práctica (Guzmán, 2020, pp. 268-269)

Igualmente, se busca la restitución de los derechos de los menores que salgan de los grupos armados, en procesos que incluyen desmovilización, desarme, reintegración, reunificación familiar, y el a veces difícil regreso y aceptación de esos niños y niñas y adolescentes a las comunidades a las cuales pertenecen (Guzmán, 2020, pp. 269-270).

Un ejemplo de lo anterior es el proyecto “Súmate por mí”, una iniciativa conjunta e intersectorial de UNICEF, la Organización Internacional para las Migraciones y el Gobierno de Colombia, con estrategias preventivas, diferenciadas y focalizadas, bajo los conceptos de “Entornos protectores” y “Territorios protectores” en 86 municipios de 15 departamentos del país afectados por el conflicto armado y priorizados para los Programas de Desarrollo con Enfoque Territorial (PDET). Este ejercicio de gobernanza se concibió para fortalecer las capacidades individuales, familiares, comunitarias e institucionales, y en 2021 llegó a involucrar a 11.265 niños y adolescentes, 1.243 actores comunitarios, 629 agentes educativos y 515 funcionarios públicos. Además, 2.242 familias recibieron apoyo psicosocial, mejorando sus vínculos de cuidado, identificando riesgos y adquiriendo nuevas herramientas de protección.

Otras iniciativas han sido desarrolladas por distintas entidades en Colombia, como la Campaña “Crece una Generación para la paz”, enfocada en la prevención los ambientes escolares (ICBF, 2024), y el Ministerio de Defensa, a través del Grupo de Atención Humanitaria al Desmovilizado, la Comisión Intersectorial para la Prevención del Reclutamiento Ilícito (Ciprunna), las Fuerzas Militares, la DIJIN y la Policía de Infancia y Adolescencia, en asocio con la Fiscalía.

En tal sentido, puede afirmarse que la erradicación del reclutamiento infantil se encamina a un objetivo estratégico de construcción de paz al fortalecer el tejido social, reducir ciclos de violencia y desplazamiento, y promover la reconciliación y la justicia social. Además, contribuye a que la paz sea sostenible y duradera al incluir a los niños, niñas y adolescentes como sujetos de derechos y protagonistas de la construcción de una sociedad más segura y equitativa.

Aun así, más allá de la enorme complejidad de la problemática asociada a este fenómeno criminal y de las implicaciones prácticas para enfrentarlo, el reclutamiento de niños, niñas y adolescentes debe verse como un delicado desafío ético y moral para la humanidad. Por eso es pertinente concluir con las palabras de la exministra de Educación de Mozambique y expresidenta de la Comisión de Estudios de las Naciones Unidas sobre el Impacto de los Conflictos Armados en la Infancia, Graça Machel (1996):

«Es imperdonable que los niños sean agredidos, violados, asesinados y, sin embargo, nuestra conciencia no se rebele, ni nuestro sentido de la dignidad sea desafiado. Esto representa una crisis fundamental de nuestra civilización. El impacto de los conflictos armados en los niños debe ser una preocupación de todos y es responsabilidad de todos».

BIBLIOGRAFÍA

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[1] NOTA: No debe confundirse este tipo de relación de poder asimétrica y desigual, entre adultos reclutadores y los menores reclutados explotando su vulnerabilidad, con el concepto de guerras o conflictos asimétricos, donde “existe una gran diferencia cualitativa o cuantitativa entre las capacidades de los bandos, obligando al más débil a emplear tácticas no convencionales” (Delgado, 2022). Sin embargo, el reclutamiento de niños, niñas y adolescentes suele darse en el marco de dichos conflictos.

[2] Los Grupos Armados Posdesmovilización (GAPD) son organizaciones surgidas tras la desmovilización de estructuras paramilitares, especialmente después de los acuerdos con las Autodefensas Unidas de Colombia (AUC) entre 2003 y 2006. Estos grupos continuaron con actividades delictivas como control territorial, economías ilegales y violencia, pero ya sin el discurso político-contrainsurgente que caracterizaba a los paramilitares originales (CNMH, 2017b).

[3] La delincuencia organizada usa a los niños en actividades como tráfico y venta de drogas, vigilancia y recolección de información, participación en delitos violentos y sicariato, el traslado y manejo de armas, la explotación sexual y trata de personas, actividades de mensajería y transporte, o para intimidar a los habitantes donde los grupos delincuenciales ejercen control territorial, así como para el reclutamiento y control de otros menores (CIDH, 2015).

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Juan Alberto Correa

 Editor General