“Un héroe y luego una víctima”.
La brisa cargada de una densa llovizna salubre, portadora de un característico olor a barcos1, acariciaba suavemente sus sentidos, evocando su infancia marcada por la pobreza y las esperanzas diarias, mientras aguardaba en el muelle pesquero la llegada de su padre. Los recuerdos se sumergían en su mente a gran velocidad, dejando un rastro de su origen lleno de necesidades económicas. A través de las rendijas del pensamiento, se vislumbraban imágenes que revivían momentos de felicidad familiar, como aquel regalo de Navidad de unos zapatos escolares que solo se calzaba por las mañanas para ir al colegio, y que se guardaban como un tesoro por la tarde. Así, sus pies quedaban libres para jugar en la tranquila playa de la isla de “El Morro”2 o acompañar a sus cuatro amigos en sus travesuras, las cuales eran luego notificadas por sus vecinos a su madre, quien impartía el debido castigo.
Rememoraba cómo surgió su sentimiento patriótico y cómo se arraigó en su corazón al presenciar, en su pueblo, los desfiles del 20 de julio, donde hombres vestidos de blanco inmaculado de la Armada Nacional marchaban con gran gallardía. Esto se convirtió en su sueño de niño, imaginándose a sí mismo con un sable en la mano, una acción que emulaba utilizando un palo de escoba. La imagen de su reciente ceremonia de ascenso al primer grado de suboficial del ejército colombiano se precipitaba en su mente como un relámpago.
Esa brisa saludable se transformaba en un olor a pólvora que lo traía de vuelta a la realidad, alertándole sobre la inminencia de su último momento de vida. Esa vida que pasaba como una película en su mente, deseando que el evento que estaba viviendo fuera solo un sueño. Sin embargo, como ocurre con todos los seres humanos, la realidad exigía su presencia, solicitando que pusiera en práctica lo aprendido durante su etapa de formación en una de las carreras cuya esencia estaría arraigada en su corazón por el resto de su vida.
Observaba a su alrededor y veía los rostros desencajados, angustiados e inciertos de los soldados que lo acompañaban, pero destacaba el gesto de valentía y determinación de aquellos jóvenes que no superaban los 20 años de edad. Estaban combatiendo por su país y, especialmente, luchando por sus propias vidas.
En ocasiones, profería arengas y palabras de aliento, con las cuales alimentaba su propio corazón y fortalecía su espíritu. Estas palabras iban acompañadas de un grito enérgico que expresaba: ¡de esta salimos soldados! ¡Ánimo, apunten bien! ¡Cúbranse!.
Disparaba una y otra vez su arma, apuntaba, disparaba de nuevo, y luego observaba a su alrededor, arengando a sus soldados. El nerviosismo del cabo era evidente, pero su carácter y temple, forjados como el mangle, le permitían controlarse de manera efectiva. No había vuelta atrás. No había a dónde ir. Su deseo de servir a su patria, superando sus necesidades, era más fuerte que cualquier atisbo de evadir el combate. No había espacio para la cobardía ni para las dudas e incertidumbres. Sabía únicamente que tenía en sus manos la responsabilidad de las vidas de sus soldados, la obligación de proteger a su capitán y a su cabo, y especialmente la oportunidad de asegurarse un empleo sirviendo a la sociedad.
Sin lugar a duda, era un momento apremiante, se encontraba en su primer enfrentamiento contra las guerrillas comunistas de la autodenominada Compañía Simacota del ELN – Ejército de Liberación Nacional.
¿Cómo carajo había llegado ese cabo allí?, sorprendido por lo que oía, con gestos de asombro en su rostro, preguntó don Jorge, un hombre de avanzada edad, quien de manera atenta escuchaba el relato.
Pues bien, resulta que él era un cabo segundo que, además de sus tareas de contraguerrilla, también había sido designado como ecónomo de la base militar en Arauca (Arauca). Le asignaron esa responsabilidad porque, antes de unirse a la carrera militar, había estudiado contaduría auxiliar. El comandante de la entonces Base Militar de Arauca consideró que, a pesar de su rango bajo en el ejército, podría ser de gran ayuda. En aquellos tiempos, era complicado encontrar suboficiales que supieran escribir a máquina o llevar un libro de contabilidad.
«Sí, es verdad», respondió don Jorge con voz entrecortada por la artritis que había limitado su movilidad. Sentado en una silla mecedora, acompañado de una taza de café, su rostro mostraba un gesto de asentimiento y aprobación. Evocaba momentos de su vida en la Fuerza Aérea Colombiana, como lo evidenciaban los diplomas y las condecoraciones exhibidos en el pasillo que conducía a su habitación.
En un momento de la conversación, son interrumpidos por la nieta de don Jorge, una joven de unos 19 años y estudiante de historia. Aunque se encontraba frente a un computador en la sala contigua, había estado prestando atención a nuestra conversación y pregunta:
Abue… ¿Ya viste la noticia del asesinato de unos policías en el Cauca? Los llamaron supuestamente para que atendieran una emergencia, pero en realidad los estaban esperando para matarlos.
A lo cual, don Jorge responde con gestos de indignación: «Sí, mija, los terroristas llevan años creyendo que van a cambiar el país matando a mansalva a policías y soldados. Los delincuentes se olvidan de que esos muchachos son gente del pueblo y están cumpliendo con un trabajo en favor de la sociedad. ¡Desgraciados, Dios los perdone!»
Don Jorge, inquieto por la abrupta interrupción de su nieta, expresa: “Disculpa amigo, pero estas cosas lastimosamente me hacen desear volver a ser joven y regresar a mi Fuerza Aérea” —¿Bueno, pero cuéntame y que pasó con el cabo?
Le comento don Jorge; en Arauca, era fácil comprar plátanos en el mercado, pero resultaba difícil conseguir papas. Había que negociarlas con anticipación, varios días antes. El comerciante establecía el día y la hora para la entrega de los bultos de papas.
El cabo tenía a su disposición una escuadra de soldados llaneros, valientes y nobles, con un notable don de gentes, como es característico de la mayoría de los araucanos. Ese día, el cabo se levantó más temprano de lo habitual y se preparó junto con sus soldados para ir a recoger las papas al lugar acordado con el comerciante.
Al llegar a la guardia, el señor Capitán Comandante de la Base le ordenó al cabo que esperara, ya que había surgido una emergencia y estaba tratando de comunicarse con la policía, quienes tenían un incidente en el municipio de Puerto Rondón (Arauca). Ordenó levantar a los pilotos de un helicóptero Bell UH-1 Iroquois3, que desde el día anterior se encontraba en la entonces “Base Militar de Arauca-Arauca” y también ordenó que levantaran a un señor Cabo Primero, para que estuvieran atentos ante cualquier situación.
En pocos minutos, llegó el señor Coronel, Comandante del Comando Operativo No. 2, quien decidió que, dada la situación y la falta de comunicación con el puesto de policía, el señor capitán, los dos suboficiales y los siete soldados debían abordar el helicóptero para realizar un sobrevuelo sobre el municipio de Puerto Rondón. Se esperaba que esta acción no durara mucho tiempo. Dirigiéndose al cabo de manera amistosa y con una sonrisa, el Coronel le dijo: ¡Fresco, cabo recluta, pronto va a regresar, para ir por sus papas!.
Efectivamente, no fueron muchos los minutos de vuelo para que, desde el helicóptero, observaran una caravana de camionetas de estacas4, llenas de guerrilleros, quienes abandonaban el pueblo a toda velocidad por la carretera principal. Más adelante se vería el puesto de la policía en llamas y los cuerpos de cuatro agentes asesinados sobre la carretera.
La imagen no dejaba de sorprender a los ocupantes del helicóptero quienes, por primera vez en su vida, observaban un grupo tan grande de guerrilleros armados y equipados.
El señor coronel optó por hacer un sobrevuelo de engaño y dejar al grupo de los militares que transportaba en una finca en dirección contraria a la ruta que tomaron los guerrilleros; mientras se dirigía a la base militar de Tame5, a traer tropas especializadas que pudieran enfrentar el grupo de guerrilleros que se había observado desde el aire.
Los militares se establecieron en las cercanías de un embarcadero abandonado de ganado, formando un círculo de seguridad y distribuyéndose en parejas. No pasaron ni diez minutos cuando uno de los soldados alertó con un grito: ¡Mi capitán, allá vienen!. Efectivamente, los guerrilleros también habían decidido cambiar su dirección de desplazamiento y ahora se encontraban cara a cara con el grupo de militares, pero con una abrumadora superioridad numérica.
Comenzó así, una suerte de disparos en donde los militares no tendrían ninguna oportunidad de salvación o escapatoria.
La suave brisa acariciaba delicadamente sus sentidos, trayendo a su mente los recuerdos de su infancia y realizaba disparos repetidamente, apuntando, disparando nuevamente, y luego examinaba su entorno, animando a sus soldados con palabras de aliento.
Cada minuto se vuelve una eternidad; de pronto se hace un silencio, cesa el sonido de los fusiles y el señor cabo primero, por iniciativa propia, hace circular la voz de que nadie se mueva ante lo que él va a decir. El señor capitán, intrigado, pero confiando en la pericia e imaginación del cabo, guarda un silencio analítico de la situación. Fue así que desde el sector militar surge una voz gruesa y contundente que grita: “Listos, envuelvan por la izquierda”; los guerrilleros entran en dudas y consideran que este grupo de militares era un señuelo y que en verdad había por el lado izquierdo un grueso de tropas más grande. Un guerrillero grita: “¡Emboscada… Emboscada… Emboscada6!”.
Ese grito errado del guerrillero, ante el engaño del cabo primero, hizo que empezaran a salir desde sus lugares de protección, corriendo y huyendo en desbandada, en dirección a sus camionetas, quedando ellos al descubierto y a la vista del pequeño grupo de militares, quienes aprovecharon para dispararles acertándoles un número considerable de bajas.
El cabo segundo, en un momento de lucidez y con el asentimiento del capitán, lleva a dos soldados corriendo hacia el sector por donde deben pasar las camionetas en su desbandada; pero no alcanzo a guarecerse en un buen sitio, quedando visible y siendo objeto de ráfagas de fusil por parte de los guerrilleros. Los dos soldados se ubicaron en un sitio privilegiado donde encontraron cubierta y protección, dando, indudablemente, por muerto a su cabo.
De pronto observan, cómo caían algunos guerrilleros de una de las camionetas. De manera inexplicable el cabo pese a las ráfagas recibidas en el sitio donde estaba no fue alcanzado y estaba disparando de manera certera. Los soldados logran atinarle un gran número de impactos a una de las camionetas que queda en medio de una quebrada que atravesaba el lugar.
Los dos suboficiales se reúnen luego con el capitán quien había asegurado otro sector y constatan que los diez militares, están totalmente ilesos.
Don Jorge, estos militares estaban ilesos, pero realmente qué tan intactos estaban. Sus mentes habían sufrido la mayor transformación que puede tener un ser humano. Habían sorteado la muerte y se habían transformado realmente en guerreros. Habían nacido nuevamente. Había muerto su ingenuidad. Los soldados llaneros habían confirmado el mito de la existencia de hombres que están protegidos por fuerzas inexplicables, porque ellos aseguraron posteriormente en el informe de la operación, que habían visto como su cabo recibió varios impactos producto de las ráfagas indiscriminados que hicieron los guerrilleros hacia ese sector donde él estaba y que luego lo vieron salir del mismo sitio, como si nada buscándolos a ellos.
Con voz pausada y pidiendo la palabra dice don Jorge, “Con perdón mi apreciado amigo, he escuchado atento tu relato, han aumentado mis canas, se ha incrementado mis males de salud, han pasado los años y no ha aumentado en nada la historia. Lo del cabo lo he escuchado en varias ocasiones. ¿Pero creo que ese cabo murió?”.
Sí señor, pero no en esa acción. A los meses siguientes, el cabo salió de vacaciones y como no tenía dinero suficiente para coger avión desde Saravena hacia Bogotá, tomó un bus y en uno de esos retenes que hace el ELN, lo identificó y lo bajó; fue torturado y asesinado, conocí su familia en la isla El Morro en Tumaco, una señora muy humilde, ese cabo como todos los militares víctimas del conflicto dejó un gran vacío en su familia y su recuerdo aun causa dolor.
El capitán hizo una brillante carrera y llegó a ser Mayor General; el Cabo Primero, también fue asesinado de grado Sargento Segundo, mediante un cobarde plan pistola en la ciudad de Buga. Lo que sí les puedo asegurar, es que el hoy en día General de Reserva Activa y los siete valientes soldados llaneros aún les cuentan a sus nietos este relato difícil de creer, donde un pequeño grupo de militares se enfrentaron a 180 guerrilleros del ELN; saliendo victoriosos movidos por su patriotismo, necesidades y amor a su institución.
Honor y gloria al Ejército Nacional
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Por Sanders Landazuri
SANDERS LANDAZURI
Escribe en el área de factores conexos, sobre Memoria histórica





