A cuarenta y dos años del inicio de la efímera guerra de las Malvinas (2 de abril -10 de junio de 1982), este sigue siendo un acontecimiento que no solo suscita interés académico, sino que además logra calar en la memoria histórica argentina a tal punto que aún llega a herir susceptibilidades, especialmente entre los veteranos del conflicto, debido principalmente a los traumas y secuelas de índole psicológico propios de un enfrentamiento bélico de tal magnitud, (teniendo en cuenta el desequilibrio militar entre el bando británico y el argentino). Otros aspectos que resaltan el interés por el tema son: en primer lugar, que la guerra propició el escenario de la batalla naval y aeronaval más grande desde la Segunda Guerra Mundial (Fernández y Gallegos, 2022); en segundo lugar, implicó la participación de un miembro de la Organización del Tratado Atlántico Norte (OTAN) en un escenario de guerra claramente definido, además de que la guerra se caracterizó por la “utilización de tecnología computarizada, dando cuenta de las mutaciones en la morfología de la guerra”.
Finalmente, Fernández y Gallegos destacan que la Guerra de las Malvinas representa el último enfrentamiento o guerra convencional, dado que, durante el siglo XX tácticas como el bombardeo de ciudades, el partisanismo, la importancia de la inteligencia militar entre otros aspectos, marcaban una notable diferencia respecto a las formas de la guerra previas, por lo que el manual de Clausewitz para obtener una victoria decisiva frente al enemigo, escrito a inicios del siglo XIX resultaba obsoleto. Tan solo unos años atrás (1975), la derrota estadounidense en Vietnam había puesto de manifiesto que el poderío y la superioridad militar y tecnológica no eran garantía de victoria frente a un enemigo que implementaba métodos de guerra heterogéneos. Sin embargo, de manera mayoritaria, las normas y leyes internacionales orientadas a los conflictos bélicos fueron asumidas y acatadas. (Fernández y Gallegos, 2022).
Se trató de un enfrentamiento bélico que, más allá de ratificar la soberanía nacional sobre un archipiélago de aproximadamente 12.100 km2, se inscribió dentro de la dinámica geopolítica de la Guerra Fría (1947-1991) y cuyo resultado no solamente reforzó el dominio colonial británico en el Atlántico sur, sino que afianzó el posicionamiento hegemónico de Estados Unidos en el hemisferio austral. Si bien hacía dos décadas atrás la Organización de Naciones Unidas (ONU) impulsó un proceso de descolonización que se afianzaba en el principio de autodeterminación de los pueblos mediante el decreto 1514 de 1960, y aunque la misma entidad había pautado el inicio de un tratamiento diplomático para la sesión de las Islas Malvinas a la Argentina por parte de Gran Bretaña mediante la resolución 2065 de 1965, sin desconocer otros intentos de concertación, desde 1971, los británicos se negaron a pautar en repetidas oportunidades. La necesidad de provisión de recursos energéticos para Inglaterra conlleva a que, en 1976, esta potencia efectuara labores de exploración en la zona, aspecto que fue del desagrado del gobierno argentino y conllevó a la ruptura de las relaciones diplomáticas hasta 1978 (Fernández y Gallegos, 2022, p. 163-164).
Un notable cambio del orden geopolítico se experimentó a partir de la elección de Ronald Reagan como presidente de Estados Unidos. A partir de 1981 el gobierno republicano daría un retroceso a la política de distensión frente a la Unión Soviética y al enfoque de derechos humanos que había implementado la administración de Jimmy Carter. En adelante la política norteamericana se enfocaría en acelerar una carrera armamentista, respaldar a los gobiernos dictatoriales en América Latina (operación Cóndor) y multiplicar estrategias para el cambio político desde el interior de la Unión Soviética y en su esfera de influencia. El mencionado enfoque de derechos humanos había apartado a los gobiernos de Carter y Videla y conllevó al afianzamiento de relaciones económicas y diplomáticas con la Unión Soviética por el gobierno argentino.
Desde la década de los 60 y especialmente durante los años 70, el Kremlin se esforzaba en fortalecer su incidencia en América Latina, particularmente al intensificar los vínculos económicos con países de la región. En ese contexto, la Unión Soviética se consolidó como el principal cliente de cereales y productos de exportación argentinos en 1975 (Laufer, 2022, p. 56). Por otra parte, a inicios de la década de 1980 el área sudatlántica constituía un lugar geoestratégico para las potencias occidentales en el marco de la Guerra Fría, dado que por allí circulaban aproximadamente 22.000 buques cada año, además de que, de los 20 millones de barriles de petróleo producidos en oriente medio, 13 millones recorrían la zona tras bordear las costas de África. En este mismo contexto, es importante mencionar la riqueza de recursos petroleros y para la pesca propios de la zona, lo cual representaba un posible beneficio comercial (Laufer, 2022, p 56-57).
En el Informe Santa Fe I, elaborado para el presidente Reagan, un grupo de expertos expuso su preocupación e interés por la región, teniendo en cuenta los aspectos mencionados. Dichos expertos planteaban la necesidad de Estados Unidos de tomar la iniciativa, dado que la Unión Soviética debido a su fortalecimiento militar y a la expansión de su influencia lograría captar los recursos de países industrializados y no industrializados en Occidente. Se recalcaba de forma quizá exagerada, la vulnerabilidad que tenía Estados Unidos en el flanco sur del continente. Por otro lado, en el Free Oceans Plan (1981) se alentaba al gobierno norteamericano a brindar un apoyo irrestricto al gobierno británico debido a su presencia en la región, ya que ante alguna eventualidad bélica podrían obtener asistencia y apoyo logístico en las islas que permanecían bajo su dominio en el hemisferio sur, tal apoyo debía ser irrestricto incluso en el evidente caso de reclamo de soberanía por parte de Argentina (Laufer, 2022, p. 61).
Entonces, el gobierno militar argentino —encabezado en 1982 por el general Leopoldo Galtieri—, como respuesta a las presiones sociales que yacían en una disminución salarial, estancamiento económico y altos índices de inflación, decidió bajar la tensión y granjearse popularidad nacional buscando una solución armada al tema de las Malvinas que, como se advirtió, había fracasado en varias ocasiones por vía diplomática. Se trató de un ataque improvisado que tenía como finalidad la posesión del territorio insular sin que se afectara a la población civil. Galtieri presuponía garantizado el aval estadounidense a esta causa, como compensación del apoyo argentino para financiar y capacitar a la Contra nicaragüense y por el accionar prácticamente sin bajas hacia los civiles (Fernández y Gallego, 2022). Su intención era tomar las islas y lograr una solución diplomática en la que mediaran organismos como el Consejo de Seguridad de la Organización de Naciones Unidas (ONU) para resolver la disputa territorial antes de que Inglaterra pudiese desplegar una contraofensiva.
Al respecto, el veterano Fabián Volonté afirma que, a la par de los acontecimientos bélicos, se desarrollaba una guerra por la supervivencia, en la que los soldados recurrían a estrategias como el trueque para cubrir sus necesidades básicas en la medida de las posibilidades. Volonté añade entre lágrimas “En realidad fuimos a combate con una ropa no adecuada. La guerra se perdió por una falta de logística, nunca hubo recambio de tropa porque nunca nos bañamos […] Sí tuvimos el valor y el sacrificio de presentar batalla, así como estábamos, es decir hambrientos, sin ropa, mojados […]. La suerte de las armas nos fue adversa, no pudimos ganar, pero sí pusimos todo”. Todo Noticias (2021, 2m55s).
Estados Unidos no solo respaldó diplomáticamente al gobierno británico, sino que de manera extraoficial brindó aprovisionamiento de armamento y equipamiento. Este aspecto no solo conllevaba a desatender por primera ocasión los postulados de la Doctrina Monroe a más de 150 años de su formulación, sino a la inoperancia del Tratado Interamericano de Asistencia Recíproca (TIAR) y de la Organización de Estados Americanos (OEA), organismos encargados de reaccionar ante agresiones extracontinentales (Oliva, 2022). El resultado logró posesionar a Occidente en el hemisferio sur, así como estabilizar al gobierno encabezado por la primera ministra Margaret Thatcher, además de fortalecer los vestigios coloniales de potencias europeas en América Latina.
Referencias
Gallegos, C., y Fernández, M. (2022). El conflicto armado anglo-argentino de 1982: un análisis de las particularidades de la morfología de la guerra del Atlántico Sur. Ciclos, XXIX(58), 157–175.
Laufer, M. (2022). Malvinas: un conflicto colonial en el mundo bipolar. Ciclos, XXIX(58), 49–70.
Oliva, C. (2023). La guerra de las Malvinas: cuarenta años de una guerra imperialista que dejó grandes lecciones para América Latina. Temas de Nuestra, 29(73), 1–19.
Sibona, Y. (2021). La historia del soldado de Malvinas que se convirtió en el héroe del barrio de Flores. Todo Noticias. https://www.youtube.com/watch?v=gbuPtAAo7wI
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Por Gabriel Moya
Gabriel Moya
Escribe en el área de factores conexos, sobre historia militar





