Una de las razones que ha permitido a los Estados Unidos (EE. UU.) consolidarse como potencia, es el hecho de que su comportamiento, tanto en política interna como exterior, está trazado por políticas de Estado y no de gobierno. Esto significa que, independientemente de la filiación política, ideología y gustos personales de quien ocupe el poder, hay límites para esas decisiones que evitan que el Estado desvíe su rumbo y primen sus intereses sobre los caprichos personales.

Durante la Guerra Fría, por ejemplo, la política exterior frente a la Unión Soviética se enmarcó dentro de lo que Kennan denominó contención, “diseñada para confrontar a los rusos con inalterable contrafuerza en cada punto donde mostraran signos de invasión frente a los intereses de un mundo pacífico y estable” (Kennan & Mearsheimer, 2012, p. 132).

Finalizada la Guerra Fría y desmembrada la Unión Soviética, las administraciones de Clinton, Bush y Obama se embarcaron furiosa y peligrosamente en una política de hegemonía que pretendía la expansión de la democracia y el orden liberal alrededor del mundo (Walt, 2018), bajo el lógico y solitario liderazgo de EE. UU. Es aquí donde se empezaron a dar los primeros hechos que fueron la semilla de las diferencias que mantienen hoy enfrentadas a Rusia y Ucrania tras mil días de guerra, y que es necesario analizar.

Escindida Ucrania del bloque soviético, EE. UU. y Europa la convencieron de renunciar al arsenal atómico heredado de la Unión Soviética, reduciendo a cero su poder disuasivo (Walt, 2018). Posteriormente, y como garantía de seguridad, se inició un proceso de expansión de la OTAN, que el mismo Kennan, en 1998, advirtió sería “un trágico error [que] va a provocar una mala reacción por parte de Rusia y después nos dirán que ya nos habían advertido que así son los rusos” (Figes, 2022, p. 380).

Años más tarde, e incluso después de la invasión rusa a Crimea, el exsecretario de Defensa de Bush y Obama, Robert Gates, también reconoció que, tras el final de la Guerra Fría, EE. UU. actuó de manera arrogante pretendiendo enseñar a los rusos cuál debía ser su comportamiento en política doméstica y exterior, señalando el error estratégico de incorporar a la OTAN a Estados antiguamente miembros de la URSS, ignorando tanto los intereses propios como los de Rusia, haciendo especial énfasis en que la incorporación de Ucrania a la OTAN era una “monumental provocación” (Gates, 2015, p. 158).

Es en este marco de afanosa promoción del orden liberal internacional, desconocimiento y confusión respecto de los intereses propios y ajenos, que aparecen una terna de actores que van a ser cruciales en el ajedrez de la guerra: Trump, Biden y Zelenski. Y más allá del quiénes, es válido conocer el cómo ejercieron su influencia para conducirnos al estado actual de cosas, pues lo que podemos evidenciar aquí es que los intereses, convicciones y actuaciones personales, en este caso particular, tuvieron precedencia sobre los intereses nacionales y que las políticas de Estado tuvieron que ceder frente a las políticas de gobierno, marcando el desenlace que hemos visto hasta hoy.

Inicialmente, Trump, durante su tormentosa primera administración, fue sometido a dos juicios políticos para procurar su salida del poder. El primero de ellos relacionado con unas presuntas presiones indebidas al presidente Zelenski para que suministrara información que comprometía a Hunter, el hijo del entonces exvicepresidente de los EE. UU. Joe Biden, en posibles actos de corrupción. Las aparentes presiones tuvieron que ver con el atraso de la ayuda para Ucrania por 250 millones de dólares. En medio del juicio, también salió a la luz una potencial actuación irregular por parte del entonces vicepresidente Biden, quien habría ejercido similares presiones sobre Zelenski para destituir al procurador ucraniano que investigaba a Hunter. Finalmente, Trump no fue impugnado, tampoco hubo cargos contra la familia Biden, pero la reputación de Zelenski en el asunto no quedó necesariamente indemne, menos aún con Trump, quien esperaba mayor compromiso del ucraniano para denunciar a los Biden.

Trump, quien se autodefine como un impredecible en relaciones internacionales, ejerció presión sobre los países miembros de la OTAN, exigiendo un mayor aporte económico a la alianza por parte de sus aportantes. Este aparente debilitamiento de las relaciones internas de la OTAN, sumado a algunos gestos de amistad personales, posiblemente tranquilizaron en su momento a Putin, lo que incluso llevó a opositores de Trump a señalar que hubo intervención rusa para que este pudiera ganar las elecciones en 2016. Además de los intentos por impugnarle, su controversial mandato se caracterizó, entre otros, por múltiples órdenes ejecutivas que guiaron su actuar, marcado mayormente por su talante personal y visión del mundo.

Cuatro años más tarde, y derrotando la aspiración reeleccionista de Trump, llegó Biden a la presidencia. Con evidente declive cognitivo, aupado por el ala más radical de su partido y seriamente cuestionado, anuló las órdenes ejecutivas de su antecesor y pretendió desaparecer la gestión de su antecesor. Dando tumbos en política exterior —la vergonzosa salida de Afganistán y el levantamiento de sanciones a Venezuela, entre otros— y débil al interior, Rusia aprovecha la coyuntura para invadir Ucrania y desatar la guerra. La administración Biden respondió condenando públicamente la agresión, imponiendo sanciones económicas al agresor y apoyando con recursos financieros y militares tanto a Zelenski como a la OTAN. Transcurren dos años de guerra sin victoria decisiva para bando alguno, seria afectación a la economía mundial y un lamentable saldo de muertos; hasta que ocurre lo impensable: Trump vuelve al poder.

Sin completarse siquiera dos meses de su segundo mandato, Trump tiene frente a sí la tormenta perfecta respecto a Ucrania. Su escepticismo frente a la OTAN, la aspiración de ver a Europa subordinada a los Estados Unidos y su deseo de ver a “América grande otra vez”, sumados a su seguro deseo de revancha personal frente a Zelenski, han dado una configuración diferente al futuro de la guerra. Además, reclama el compromiso ucraniano para otorgar a EE. UU. el derecho de acceso a la explotación de minerales raros en territorio del primero, situación que de alguna manera surge como contraprestación a la millonaria ayuda que los norteamericanos han entregado a Ucrania durante la guerra; compromiso que finalmente no se firmó ante la negativa de Zelenski por considerar que no había garantías de seguridad para su país, lo que le valió una reprimenda pública frente a los medios de comunicación por parte de su homólogo estadounidense y el mismo vicepresidente JD Vance.

Este singular episodio, que le dio la vuelta al mundo, seguramente pasará factura a Trump. El reclamo de pareja de “no es lo que me dice, sino el tonito”, perfectamente podría aplicarse al caso. Las maneras utilizadas, las consecuencias que va a tener para Ucrania y para el desarrollo de la guerra misma, así como el posicionamiento que otorga a Rusia en el concierto internacional, quiebran una tradición diplomática estadounidense, rompen una duradera postura estratégica y dejan maltrecha su capacidad de poder blando que tanto les ha beneficiado y facilitado el alcance de sus objetivos nacionales.

Sin embargo, no hay que escandalizarse ni rasgarse las vestiduras porque Trump mira el asunto con lentes pragmáticos y visión de empresario. La guerra no ha sido negocio para nadie, mucho menos para los EE. UU. Así, querrá dejar de gastar el dinero en una ayuda que considera inoficiosa, obliga a los miembros de la OTAN a reconsiderar su estrategia y su aporte financiero a la alianza, a la par que recobra un protagonismo en el orden global venido a menos en los últimos cuatro años, obrando como el benefactor y hacedor de la paz. Apuntará a un final del conflicto donde EE. UU. sea protagonista, Rusia reciba parte de lo que reclama y Ucrania se resigne a perder parte de lo que, con tanto ahínco, ha defendido. Esto o algo muy parecido es lo que puede pasar y no nos debemos sorprender, recordemos que el orden internacional no es el de las buenas intenciones y las amistades duraderas, sino el de los intereses y las alianzas. Nos resignaremos también a ver unos EE. UU. orientados más por políticas de gobierno que por políticas de Estado.

 

 Referencias:

  • Figes, O. (2022). La Historia de Rusia. Taurus.
  • Gates, R. M. (2015). Duty: Memoirs of a Secretary at war (1ra ed.). Vintage Books.
  • Kennan, G. F., & Mearsheimer, J. J. (2012). American diplomacy (Edición del 60 aniversario). University of Chicago Press.
  • Walt, S. M. (2018). The Hell of good intentions: America’s foreign policy elite and the decline of U.S. primacy (1ra ed.). Farrar, Straus and Giroux.

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Jorge Galindo

Escribe en el área de Geopolítica de los Conflictos sobre la región de América Anglosajona.