La coyuntura actual del orden internacional —donde Estados Unidos se muestra marginado y reactivo— unido a las serias fracturas que se evidencian a nivel interno, parecieran ser los síntomas de una enfermedad que aqueja al coloso del norte. Si nos atreviésemos a diagnosticar el padecimiento, podríamos afirmar que se llama liberalismo.

El ascenso de los Estados Unidos a la condición de potencia mundial fue meteórico y singularmente rápido. Tras obtener su independencia de Inglaterra y posterior a la firma de su Constitución, supo capitalizar los enfrentamientos franco-británicos en 1812 para desalojar a ambos poderes de su territorio. Más tarde, en 1845, la anexión de Texas le asegura su consolidación continental. La anexión de Hawaii y la guerra con España le permitieron, no solamente convertirse en una potencia extra-continental, sino arrebatar las últimas posesiones europeas en el hemisferio propio (Tindall & Shi, 2010a).

Luego vienen las guerras mundiales. En la primera de ellas, aparece en las postrimerías, jugando un papel protagónico en la victoria de la “guerra para cesar todas las guerras”, (Tindall & Shi, 2010b) que deja unos Estados Unidos fortalecidos en el orden mundial frente a unas potencias europeas exhaustas. Su rol preponderante en las negociaciones del tratado de Versalles y su promoción de la Sociedad de Naciones, plantan ya el paradigma del liberalismo en las relaciones internacionales, haciendo al presidente Wilson portavoz de esta doctrina, que marcaría el comportamiento de la nación de allí en adelante.

Como era de esperarse, los resultados de los acuerdos de Paris luego de la Primera Guerra Mundial, fueron ell germen de una nueva guerra, donde los Estados Unidos se involucraron tras ser atacados por primera vez en su propio territorio, la base militar de Pearl Harbor (Hawaii), haciéndose nuevamente imprescindible su intervención para la victoria aliada sobre las potencias del Eje. Pese a su alianza con la Unión Soviética, la conferencia de Yalta determinaría la repartición del mundo por esferas de poder, el inicio de una era bipolar y del enfrentamiento que el mundo conocería como la Guerra Fría (Tindall & Shi, 2010b).

En 1989 cae el Muro de Berlín, y con él la representación del enfrentamiento característico de la Guerra Fría, abriendo paso a lo que se denominaría el “breve interregno unipolar” (Krauthammer, 1990) de los Estados Unidos. A partir de allí, convencidos, como Fukuyama, de haber llegado al fin de la historia tras la derrota del comunismo y el triunfo de la democracia (Zakaria, 2019), los Estados Unidos se embebió de su excepcionalismo para procurar hacer de la democracia un valor universal, expandirla por el globo y promover un orden liberal internacional; hecho a su medida y exportable a otras naciones por fuerza de la razón o por razón de la fuerza.

Tras poco más de una década de este reinado unipolar, los Estados Unidos se ven nuevamente atacados en su territorio, esta vez por el grupo terrorista islámico Al Qaeda, quienes iniciaron el siglo XXI derribando las torres gemelas en Nueva York, considerada la capital del   mundo,   invitando   a   los   Estados   Unidos   a embarcarse poco después en dos guerras exteriores — Afganistán e Irak— bajo la consigna de proteger al mundo en un compromiso de guerra global contra el terrorismo. Al contrario de lo que pudiera pensarse, los ataques en sí no interrumpieron la agenda liberal de los Estados Unidos, al contrario, el efecto fue galvanizar su población, unificar la opinión pública y darle «carte blanche» al hegemón mundial para profundizar su presencia e influencia mundial.

Pero los Estados Unidos que observamos en el 2023, distan mucho de ser aquellos que teníamos idealizados y que nos acostumbramos a ver durante décadas. Eventos recientes del orden interno y externo se expresan como síntomas de una enfermedad que afecta a la nación y debilita su acostumbrado rol e influencia en el orbe; indicando un momento coyuntural del orden internacional que pasa de una hegemonía unipolar a ver, en el futuro cercano, una configuración bipolar e incluso multipolar en su estructura. Tal como se mencionó al inicio del artículo, este aparente declive de los Estados Unidos es la manifestación de una enfermedad llamada liberalismo.

Los síntomas son múltiples; en el orden interno, la polarización política, el asalto al capitolio de 2021, la implacable y politizada persecución judicial contra Donald Trump, la incontrolable inmigración ilegal por la frontera sur, el evidente declive cognitivo del presidente Biden, la radicalización de la agenda progresista y las nefastas consecuencias de la adicción al fentanilo (Seisdedos, 2023), entre muchos otros que se unen para mostrar un panorama desalentador. En el orden externo, la penosa salida de Afganistán y el triunfo talibán, la guerra de Ucrania, la aparente pasividad frente a la agresividad China en Asia, el ascenso de regímenes políticos contrarios y la influencia chino-rusa en Latinoamérica; dejan ver el espacio que cede paulatinamente la potencia americana.

Pero es importante aclarar que el liberalismo del que hablamos no tiene el mismo significado en el orden interno que en política exterior. Internamente me refiero al liberalismo llevado al extremo, esa agenda progresista defendida por el ala más radical del partido demócrata y que ha llevado «too far-too fast» las justas causas de igualdad racial, derechos de las minorías y de las mujeres, entre otros, pretendiendo implantar una nueva moralidad, una nueva metafísica, casi una nueva religión en la sociedad norteamericana y, de paso, en la del mundo.

(Murray, 2020, pp. 19–22). Gran parte de esta agenda incluye, en perjuicio mismo de los Estados Unidos, una denuncia y una renuncia a su propio legado histórico y al de occidente, atacando su cultura, su composición demográfica y su legitimidad. (Murray, 2022, p. 13) Presentar la historia de los Estados Unidos como la del patriarcado blanco, opresor y racista; es un dudoso “logro” que se ha materializado en el derribo de monumentos históricos y que ha fracturado la sociedad americana y debilitado su imagen hacia el exterior.

Liberalismo, en el ámbito de las relaciones internacionales, es en cambio un concepto diferente, pero, a mi juicio, no menos nocivo para los Estados Unidos. Reverenciado por igual entre Republicanos y Demócratas, el orden liberal internacional perseguido por los Estados Unidos ha pretendido expandir la democracia, promover la interdependencia económica y fortalecer las instituciones internacionales para preservar la paz (Russett & Oneal, 2001, pp. 35–39).

Sin embargo, como lo señala Mearsheimer (Mearsheimer, 2018, pp. 2–3), imponer esa hegemonía liberal implica grandes costos, pues demanda un comportamiento militarista y el compromiso de esa nación en guerras interminables. Más aún, actuando como un poder indispensable alrededor del mundo, mientras mayor esfuerzo hacía por imponer los principios liberales, simultáneamente despertaba mayor resistencia en las sociedades aparentemente beneficiadas, creando una dependencia de estabilidad basada en su presencia en estados extranjeros (Walt, 2018, p. 88), y generando un enorme gasto en recursos materiales y humanos que le distrajo como potencia frente a la emergencia de poderes rivales, llámense China y Rusia.

A manera de corolario, podemos afirmar que el orden mundial está en un proceso de transición y que, si bien es cierto, los Estados Unidos seguirá siendo un actor imprescindible en este orden, es necesario que la potencia americana revise y corrija el sendero por el que camina interna y externamente, pues la enfermedad del liberalismo le está causando estragos.

 

Referencias Bibliográficas

 

Krauthammer, C. (1990). The Unipolar Moment. Foreign Affairs, 70(1), 23. https://doi.org/10.2307/20044692

Mearsheimer, J. J. (2018). The great delusion: Liberal dreams and international realities. Yale University Press. https://nduezproxy.idm.oclc.org/login? url=http://search.ebscohost.com/login.aspx?direct=true&AuthType=ip,url,uid&db=cat04199a&AN=ndu.778656 &site=eds-live&scope=site

Murray. (2020). La masa enfurecida. Ariel. Murray. (2022). La guerra contra occidente. Ariel.

Russett, B. M., & Oneal, J. R. (2001). Triangulating peace: Democracy, interdependence, and international organizations. Norton.

Seisdedos. (20 de mayo de 2023). Cómo Estados Unidos se enganchó al fentanilo. El País. https://elpais.com/internacional/2023-05-21/como-estados- unidos-se-engancho-al-fentanilo.html

Tindall, G. B., & Shi, D. E. (2010a). America: A narrative history (Brief Eighth edition). W.W. Norton & Company.

Tindall, G. B., & Shi, D. E. (2010b). America. [Vol. 2]: A narrative history (Brief 8th ed). W.W. Norton & Co.

Walt, S. M. (2018). The Hell of good intentions: America’s foreign policy elite and the decline of U.S. primacy. Farrar, Straus and Giroux.

Zakaria. (10 de junio de 2019). The Self-Destruction of American Power. Foreign Affairs. https://www.foreignaffairs.com/united- states/self-destruction-american-power? utm_medium=newsletters&utm_source=summer_reads&utm_ca mpaign=summer_reads_2020_actives&utm_content=20200802& utm_term=all-actives

JORGE GALINDO

Escribe en el área de Geopolítica de los Conflictos sobre la región de América Anglosajona.

Perfil

Coronel (R) del Ejército Nacional de Colombia, perteneciente al arma de Infantería, 30 años en servicio activo. Actualmente se desempeña como consultor en temas de conflicto, seguridad y defensa para diversas organizaciones del orden nacional e internacional, así como docente universitario.

 

EDUCACIÓN A DESTACAR

 

National War College (EEUU)

Master Degree National Security

Strategy, 2020

 

Naval Postgraduate School (EEUU)

Master Degree Defense Analysis, 2013

 

NATO School (Alemania)

Building Integrity Course, 2015

 

Policía Nacional de España (España)

Análisis de información Criminal, 2014

 

Asia Pacific Center for Security Studies

(EEUU)

Comprehensive Crisis Management

Course, 2010

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