Introducción
El conflicto entre la Federación Rusa y Ucrania, que se intensificó a partir de la anexión de Crimea en 2014 y se ha prolongado durante los últimos tres años, representa hoy una de las contiendas geopolíticas más complejas de la era contemporánea. Mientras otras publicaciones han centrado la mirada en las repercusiones para Ucrania, Europa y Estados Unidos, este artículo se focaliza en la estrategia y los intereses de Rusia. En este sentido, se analiza la evolución del conflicto, el carácter dinámico de las negociaciones, la utilización de la guerra híbrida y la importancia de las narrativas que legitiman determinadas acciones. Asimismo, se estudian tanto las implicaciones internas en Rusia—donde la concentración de poder y la acción oligárquica juegan un rol destacado—como el entramado de relaciones internacionales que incluye, por ejemplo, la participación de actores no convencionales como Corea del Norte y la cooperación en el marco del bloque BRICS.
Contexto histórico y geopolítico
El conflicto actual tiene sus raíces en tensiones históricas que se remontan a la narrativa de unidad entre rusos, ucranianos y bielorrusos. Aunque un ensayo de 2021, titulado Sobre la unidad histórica de rusos y ucranianos, defiende la idea de que no existe justificación para separar a estos pueblos (Putin, 2021), la realidad vivida en Ucrania apuesta por una identidad nacional distinta basada en un sistema democrático, lengua y cultura propias. La anexión de la península de Crimea en 2014 marcó un precedente que culminó, tres años después, en una invasión a gran escala del territorio ucraniano, con la intención declarada de garantizar la “seguridad” de los rusoparlantes y de impedir una expansión de organismos como la OTAN (Sakwa, 2017).
Además, en un esfuerzo por consolidar su esfera de influencia, la Federación Rusa ha buscado transformar ciertos territorios, especialmente en la región del Donbass—que abarca Donetsk, Kherson, Luhansk y Zaporozhye—en zonas de amortiguamiento, impidiendo que fuerzas occidentales penetren en lo que consideran su área de interés estratégico. Este escenario se enmarca en la dinámica de un «muro geopolítico», frente al cual Rusia articula tanto su defensa nacional como su proyección de fuerza en el entorno internacional (Mankoff, 2014).
Motivaciones y objetivos de la Federación Rusa
Entre los principales objetivos de Rusia se encuentra la ocupación y el control dominantes de Ucrania en todas sus esferas, lo que implica retirar a la población ucraniana la posibilidad de desarrollar y afirmar una identidad nacional independiente. En este contexto, la retórica oficial ha combinado la premisa de “denazificación” con la protección de las comunidades russoparlantes, sirviendo estas narrativas de pretexto para justificar acciones militares. Sin embargo, diversos analistas sostienen que esta estrategia no solo se orienta a la seguridad de una comunidad, sino a la creación de condiciones que permitan a Rusia asegurar su supervivencia geopolítica y recuperar el prestigio de gran potencia, a expensas de la soberanía ucraniana (Tsygankov, 2020).
Asimismo, la postura de Rusia se fundamenta en la idea de que las recientes modificaciones en la política de defensa y en la conducción de las relaciones internacionales—por ejemplo, el cambio en el apoyo incondicional de Estados Unidos a Ucrania—ofrecen una ventana de oportunidad para replantear los acuerdos de cese y las condiciones de la guerra. Negociaciones recientes en Arabia Saudita han intentado plantear un alto el fuego; sin embargo, la definición de sus términos, duración y objetivos sigue estando en manos de Moscú, lo que evidencia la ventaja estratégica que ostenta la Federación Rusa en el manejo del conflicto (Ministerio de Relaciones Exteriores de la Federación Rusa, 2022).
La lucha de narrativas y la guerra híbrida
El conflicto contemporáneo no se reduce únicamente a enfrentamientos convencionales, sino que se despliega en múltiples frentes, entre ellos la lucha por el control de la narrativa y la utilización de tácticas de guerra híbrida. Rusia ha demostrado una capacidad notable para explotar “pequeñas ventanas de tiempo y espacio”, aprovechando diversas crisis simultáneas. Durante los momentos en que Estados Unidos suspendió temporalmente la transferencia de inteligencia crucial a Ucrania—para luego restituirla por la rápida reacción militar rusa—se evidenció un escenario en el que la fluidez de la información y la capacidad de adaptación determinan en gran medida las operaciones militares (Giles, 2018).
En el terreno de la propaganda, el cuestionamiento de narrativas ha generado dudas sobre la continuidad del apoyo occidental a Ucrania. Figuras como Marco Rubio han advertido sobre los riesgos de un flujo incesante de armas sin un objetivo estratégico claro, lo que podría conducir a un replanteamiento de la ayuda militar (Rubio, 2023). La estrategia rusa, por tanto, no solo se sustenta en la fuerza militar, sino en la capacidad para manipular discursos y desestabilizar a la comunidad internacional mediante información contradictoria o engañosa.
Entre los elementos clave de esta lucha se encuentra el uso de la “denazificación” como bandera. Según el propio Ministerio de Relaciones Exteriores ruso, prohibir el uso de la lengua rusa en Ucrania—al igual que las restricciones impuestas a instituciones históricas y culturales—es equivalente a una política nazi destinada a erradicar la identidad rusa. Este argumento se presenta en conjunción con la amenaza de que la expansión de la OTAN y la militarización de nuevos espacios podría activar el artículo 5, lo que, en opinión del liderazgo ruso, significaría una permanencia permanente de la amenaza occidental (Lavrov, 2025).
La dimensión internacional y la participación de actores externos
El conflicto ha trascendido el ámbito bilateral, involucrando a múltiples actores internacionales y generando preocupaciones respecto a la escalada global. Aunque en los enfrentamientos convencionales se han visto principalmente fuerzas ucranianas y rusas, la presencia de contratistas, mercenarios y, sorprendentemente, unidades militares provenientes de Corea del Norte—apoyando a Rusia—añade una dimensión perturbadora al escenario. La incorporación de estos actores plantea preguntas sobre el intercambio de recursos y tecnología, tales como la posibilidad de que Rusia ceda acceso a minerales y avances en misiles balísticos a cambio de apoyo militar. Dicho intercambio podría tener repercusiones a largo plazo en la seguridad de otros países de la región, como Japón y Corea del Sur, y eventualmente desencadenar una carrera armamentista nuclear basada en “bluffing” o amenazas escaladas (Kramer, 2023).
En paralelo, el bloque BRICS—formado por Brasil, Rusia, India, China, Sudáfrica y otros países en proceso de incorporación—ofrece a Moscú una plataforma para consolidar su poder e influir en países que puedan verse atraídos por una estrategia de soberanía y autosuficiencia. En el contexto de una política exterior en la que se evidencia un aislamiento por parte de Estados Unidos, Rusia ve en BRICS la oportunidad de ejercer presión sobre el orden internacional y crear un sistema de seguridad “indivisible” y multipolar (Sakwa, 2017).
La interacción de estos actores externos, sumada a las posturas divergentes de líderes como Trump—quien ha abogado por un diálogo directo con Putin para alcanzar la paz—y de franceses como Macron, que incluso ha aludido a la posibilidad de utilizar armas nucleares (lo que se interpreta, en parte, como un bluf estratégico), subraya la complejidad de la situación y el riesgo de una escalada que involucre a múltiples naciones (Mankoff, 2014).
La modernidad del conflicto: tecnología y adaptación
La naturaleza del conflicto actual se inscribe en una era de guerra tecnológica, donde la innovación y el acceso a nueva información son determinantes en el desempeño militar. Hebreos informes señalan que, si bien la capacidad de generar tácticas avanzadas se atribuye a las fuerzas ucranianas, la Federación Rusa está absorbiendo rápidamente estas prácticas y adaptándolas a su propio contexto. Esto crea una dinámica en la que el flujo de conocimiento—especialmente en ausencia de una participación tan directa de Estados Unidos y Europa—permite que Rusia se mantenga a la vanguardia en la evolución de técnicas y estrategias en terreno.
Este intercambio tecnológico y adaptativo se expande no solo en el ámbito militar, sino en la lucha informativa, donde la propagación de mentiras o informaciones sesgadas tiene reverberaciones que pueden alterar la percepción global del conflicto. La velocidad a la que evolucionan las tácticas y la contrainformación supone un reto para todos los actores, y refuerza la idea de que, en una guerra moderna, controlar la narrativa es tan importante como el control territorial.
Implicaciones internas: economía, oligarquía y resiliencia
En el ámbito doméstico, el conflicto ha revelado tensiones históricas en el seno de la sociedad rusa. La consolidación del poder en manos de una oligarquía—con un reducido grupo de actores económicos y políticos influyentes—se ha visto favorecida en un contexto en el que el Kremlin utiliza el enfrentamiento con Ucrania para legitimar determinadas medidas de control y centralización del poder. Esta estrategia no solo busca intimidar a actores internos críticos, sino también crear una narrativa de resiliencia que recuerde a episodios pasados en los que Rusia salió “invicta” a pesar de fracasos en zonas como Afganistán, Chechenia o Siria.
La prolongación del conflicto se ha convertido, en parte, en un mecanismo para sostener la cohesión interna y convencer a la población de la invulnerabilidad del Estado ruso. A pesar de las pérdidas históricas y los reveses en otros teatros de guerra, la estrategia comunicacional ha logrado infundir en la opinión pública la creencia de que Rusia es capaz de resistir y, en última instancia, prevalecer. En este sentido, el rol de la narrativa y la propaganda interna adquiere una relevancia determinante para mantener la estabilidad política y social (Lavrov, 2025).
La disputa por la identidad y la redefinición del territorio
Uno de los argumentos más discutidos en el debate es la reivindicación histórica de la unidad de identidad entre rusos, ucranianos y bielorrusos. Mientras que el liderazgo ruso defiende que no existe razón para separar a estos pueblos, los ucranianos sostienen diferencias significativas en cuanto a idioma, sistema político, cultura y aspiraciones democráticas. Este contrapunto se hace evidente en la insistencia de Ucrania en mantener y fortalecer su identidad nacional, a pesar de que en algunas regiones—especialmente las de mayoría rusoparlante—existen simpatías que se alinean con la narrativa de unidad (Kramer, 2023).
El conflicto territorial se ha traducido en demandas explícitas. Por ejemplo, algunos análisis sostienen que, en junio de 2024, Rusia debería consolidar el control sobre aquellas áreas que actualmente ocupa, estimadas en aproximadamente 90,000 km², equivalentes al 15 % del territorio ucraniano y comparables en tamaño al país de Portugal. Esta propuesta forma parte de una estrategia más amplia que remonta sus orígenes a acuerdos previos, como los pactos de Minsk y las negociaciones normandas mediadas por figuras como François Hollande y Angela Merkel. Sin embargo, la falta de cumplimiento de estos acuerdos y la evolución de la situación han llevado a que las condiciones impuestas en el pasado sean cuestionadas y reinterpretadas (Mankoff, 2014).
Consideraciones sobre la seguridad internacional y las proyecciones futuras
La lógica de la estrategia rusa se articula, en última instancia, en función de garantizar un entorno internacional favorable a sus intereses. Ante lo que se percibe como una expansión incontrolada de la OTAN—un proceso que, según declaraciones de altos funcionarios rusos, activa cláusulas como el artículo 5—Rusia aboga por un sistema internacional de seguridad indivisible y multipolar, en el que las potencias emergentes tengan un rol protagónico. La insistencia de que Ucrania debe adherirse a parámetros como la desmilitarización, la adopción de un estatus neutral y la renuncia a fondos nucleares condensa la visión rusa de una reorganización del orden mundial (Sakwa, 2017).
Asimismo, surge la inquietud de que cualquier intercambio tecnológico o de recursos con Rusia tenga repercusiones en la seguridad de naciones clave. Se cuestiona, por ejemplo, si el apoyo a Rusia—en forma de suministro de tecnología, petróleo o gas—puede contribuir a la transferencia de conocimientos que eventualmente se traduzcan en avances en misiles balísticos o en armamento avanzado. Tal posibilidad no solo genera incertidumbre en la región, sino que abre la puerta a una carrera armamentista que podría implicar la participación de países tradicionalmente al margen del conflicto, como Japón o Corea del Sur.
Conclusiones
El análisis de la perspectiva rusa en el conflicto ucraniano revela una serie de objetivos estratégicos interrelacionados que van más allá del control territorial. La lógica interna de Rusia se entrelaza con una necesidad de mantener una postura defensiva ante lo que percibe como una amenaza permanente—derivada tanto de la expansión de la OTAN como de la pérdida de apoyos históricos de actores occidentales. Para el Kremlin, la invasión a Ucrania se justifica no solo en términos de proteger a las comunidades rusoparlantes o de luchar contra un supuesto “nazismo” impuesto mediante políticas de exclusión lingüística y cultural, sino también en función de consolidar un modelo de seguridad y desarrollo que beneficie a la población interna, reforzado por la participación en bloques internacionales como BRICS.
El uso de tácticas híbridas, la manipulación de narrativas y la rápida adaptación a las innovaciones tecnológicas demuestran que la estrategia rusa no descansa en meras operaciones convencionales, sino en un entramado que abarca lo político, lo cultural y lo informativo. Mientras se exploran canales de negociación—como las recientes conversaciones en Arabia Saudita—, sigue latente la incertidumbre acerca de cómo y cuándo podrá definirse un alto el fuego acorde a los intereses del Kremlin. La permanencia del conflicto se ve, en parte, alimentada por una inercia derivada de la continua aportación de armas y tecnología a Ucrania, lo que dificulta prever un desenlace rápido.
Paralelamente, la disputa en torno a la identidad y el destino del territorio subraya el choque entre una visión unificada de origen histórico y la necesidad de afirmar una identidad nacional propia. Este contrapunto se traduce en una reconfiguración de los mapas políticos y en la redefinición de fronteras, cuyas implicaciones podrían perdurar en el tiempo y reconfigurar el equilibrio de poder en la región.
Finalmente, la complejidad del conflicto invita a repensar el sistema internacional de seguridad en términos de multipolaridad y diálogo directo. Las aspiraciones de una paz negociada—que incluya al menos a actores como Rusia y considere la posibilidad de un reajuste en acuerdos históricamente inamovibles—constituyen una alternativa que, aunque controvertida, se presenta como necesaria ante las dinámicas actuales. Solo a través de un entendimiento profundo de las motivaciones internas y externas de cada parte, y de la aplicación de políticas de información claras y veraces, será posible avanzar hacia una solución que evite una escalada mayor y preserve la seguridad colectiva en un mundo cada vez más interconectado (Lavrov, 2025).
Referencias
Kramer, M. (2023). El discurso de la lengua rusa en Ucrania: Narrativas de identidad y poder. Journal of Slavic Studies, 45(2), 123–145.
Lavrov, S. (2025). Declaraciones oficiales sobre la política exterior rusa. Ministerio de Relaciones Exteriores de la Federación Rusa.
Mankoff, J. (2014). Russian Foreign Policy: The Return of Great Power Politics. Washington, DC: RAND Corporation.
Putin, V. (2021). Sobre la unidad histórica de rusos, ucranianos y bielorrusos [Ensayo]. Moscú, Rusia: Ediciones del Kremlin.
Rubio, M. (2023). Declaraciones sobre la estrategia de apoyo a Ucrania. Foreign Policy Review, 12(3), 98–111.
Sakwa, R. (2017). Russia Against the Rest: The Post-Cold War Crisis of World Order. Cambridge, UK: Cambridge University Press.
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Fabián Giraldo
Escribe en el área de Geopolítica de los Conflictos, sobre la Región Europa y Eurasia.




