Si bien la capacidad militar de Israel es inigualable en el Medio Oriente, la guerra por la legitimidad, que es esencial en la guerra irregular, parecería estarse perdiendo con su estrategia de destruir a Hamas.

Como respuesta a las incursiones terroristas de Hamas en territorio israelí, en octubre pasado, el gobierno de Benjamín Netanyahu ha venido implementando una dura campaña militar, cuyo objetivo, se supone, es acabar con esta organización y evitar que la Franja de Gaza siga siendo un santuario para redes del terrorismo. Si bien la capacidad militar de Israel en este escenario es inigualable, la guerra de las ideas, por los corazones y las mentes, dimensión esencial de la guerra irregular, parecería estarla perdiendo.

Sería impreciso desconocer la responsabilidad de Hamas en los hechos de los últimos meses. Si bien la rivalidad histórica entre el grupo e Israel podría expresarse como un círculo vicioso en el cual unos culpan a otros por el origen de la violencia, es innegable que la brutal incursión de octubre desencadena la degradación de la situación.

Israel tiene todo el derecho a defenderse. Gran parte de las democracias occidentales, y algunas naciones más, así lo reconocieron. Es apenas consecuente que se trate de desarticular las redes de Hamas, especialmente las de su brazo armado, las Brigadas Izz ad-Din al Qassam, y que se busque neutralizar a sus cabecillas. Después de todo, es una práctica que naciones en todo el mundo han implementado a lo largo de la historia. Pero la respuesta de Netanyahu ha despertado varias dudas: ¿debe haber limites estratégicos en el alcance de este tipo de objetivos?, ¿hasta qué punto puede ser contraproducente la implementación de este tipo de operaciones militares?

Las respuestas se han debatido repetidamente a lo largo de la historia. En la guerra irregular, aquellas protagonizadas por insurgencias o guerrillas, en muchas ocasiones consideradas como terroristas, la dimensión de las ideas tiene un peso esencial. Los grupos irregulares están luchando por ganar el apoyo de algún grupo nacional, la sociedad o algunas comunidades, para ir en contra del poder establecido a quien consideran un enemigo natural de la población (Nagl, 2005, Beckett, 2001). En esta competencia existen narrativas y acciones que buscan construir una legitimidad propia frente a la población, mientras se busca deslegitimar al enemigo. En otras palabras, los agentes enfrentados buscan mostrarle a la sociedad que ellos son ‘los buenos’ y el enemigo ‘los malos’. Por eso la metáfora del corazón y las mentes. Más que buscar la destrucción absoluta del enemigo, la clave está en el apoyo de la población.

La invasión napoleónica de la península ibérica terminó siendo una escuela en estrategias contrainsurgentes. El enfoque inicial del bando francés frente a insurgentes españoles fue prácticamente de aniquilar la base social de apoyo. Por ejemplo, se permitió colgar a cuatro guerrilleros españoles por cada francés asesinado, y en caso de no disponer de insurgentes, los civiles podrían ocupar su lugar. También se prohibieron los eventos públicos, los festivos, y se vio una persecución sistemática a los clérigos (Palma, 2011; Esdaile 2004). El objetivo era minar la moral española, y evitar que más personas se unieran a la guerrilla. Pero la estrategia logró lo contrario, entre más violentos fueron los franceses más se inclinaron los españoles por los rebeldes. Varios oficiales napoleónicos notaron este efecto, y comenzaron a proponer enfoques basados en conseguir el apoyo de la población, buscando deslegitimar a la insurgencia (Esdaile, 2004).

Con el paso de las décadas, esta tensión entre buscar una destrucción de los irregulares y lograr el apoyo de la población siguió estando presente. Les ocurrió a los estadounidenses en Filipinas, a los británicos en Malasia y Kenia, a los franceses en Argelia, incluso a la coalición occidental en Afganistán e Irak, y hasta a los colombianos desde la Guerra Fría. La lección es clara: en la guerra irregular afectar a la población civil de forma desmedida solo fortalece a los rebeldes (o terroristas) y debilita al contrainsurgente.

El presidente Biden lo dijo al inicio de la guerra en Gaza. Los Estados Unidos han querido evitar que Israel caiga en los errores que ellos mismos cometieron es su ‘guerra global contra el terrorismo’. En Irak, la entrada de las tropas, bajo una concepción de guerra convencional, solo legitimó a los radicales y terroristas, debido a los excesos en contra de la población. Solo la llegada de verdaderos conocedores de la guerra contrainsurgente, como el General David Petraeus y su reforma al código de operaciones, cambió el panorama en este país (US Army/Marine Corps, 2014).  

Sin embargo, Netanyahu parecería estar siguiendo un camino en el cual las narrativas, la opinión global y el sentimiento de la población en la región, se ponen en su contra y se agravan cada vez más. Los bombardeos que afectan hospitales, escuelas e instalaciones de las Naciones Unidas, el desplazamiento forzado de millones de personas, la imposibilidad de los civiles de salir de la franja de Gaza, la crisis alimentaria, el elevado número de muertes, entre otros, solo ha logrado proyectar a Israel como el villano de la historia a los ojos de la opinión mundial.

Por supuesto, el premier israelí tendrá sus justificaciones y argumentos, pero ¿hasta qué punto se entienden en el mundo?, ¿cómo reciben estas ideas los mismos palestinos? El objetivo de erradicar a Hamas puede tener lógica en el papel, pero ¿es un objetivo verdaderamente alcanzable y medible? ¿Se puede lograr la destrucción de la organización (y sus ideas) por medios militares? Los resultados de los efectos de la violencia que viven los palestinos, o mejor, de qué lado se ponen sus corazones y sus mentes, tal vez no se pueda observar de inmediato. Se puede asumir que muchos rechazan a Hamas por sus métodos violentos, a pesar de su triunfo electoral en 2006. Pero ¿hasta qué punto las acciones de Israel radicalizan más a los palestinos en su contra?

No se puede desconocer el mundo en el que vivimos. La información viaja a grandes velocidades y lo que ocurre en un rincón del mundo se conoce rápidamente en otro, con algunos agravantes. Hoy en día es más fácil manipular la opinión, mostrando un lado de la historia, apelando a los sentimientos, sesgando el debate, radicalizando, e incluso produciendo información falsa. Esto ha llevado a interminables debates anacrónicos, como el carácter palestino de Jesucristo, que a pesar de ser imprecisos aumentan el rechazo hacia Israel.

Si bien todo esto ha minado la imagen de los israelíes a nivel global, fortaleciendo el clamor por la ‘liberación’ del pueblo palestino, incluso calificando a Netanyahu de genocida, la consecuencia más grave para Israel es su imposibilidad de existir en un vecindario en paz. Como Napoleón con los españoles, puede que el premier israelí solo esté motivando la radicalización de palestinos quienes, incluso si Hamas dejara de existir, podrían estar dispuestos a hacerle la guerra a Israel por años.        

 

Referencias

Beckett, I (2001). Modern Insurgencies and Counterinsurgencies. Routledge 

Esdaile, C (2004) Fighting Napoleon: Guerrillas, Bandits and Adventurers in Spain, 1804-1814. Yale University Press.

Nagl, J (2005) Learning to Eat Soup with a Knife. The University of Chicago Press.

Palma, O (2011) The evolution of counterinsurgency warfare: a historical overview. Revista de Relaciones Internacionales, Estrategia y Seguridad 6(2). p. 195-220

US Army/Marine Corps (2014) FM 3-24/MCWP 3-33.5 Insurgencies and Countering Insurgencies. Headquarters-Department of the Army.

Artículos del autor

OSCAR PALMA

Escribe en el área Geopolítica de los Conflictos, sobre las regiones del Norte de África, Medio oriente , Asia central Y Latinoamérica